Opinión

Un amor incalculable

Por Aldo J. Barone.

Si pensamos en un hombre de Fe, seguramente muchos prejuzgarán que se trata de alguien alejado de la ciencia. Sin embargo, Dios enciende los corazones de los hombres allí donde se encuentran. 

La historia demuestra que la Fe y la ciencia no necesariamente transitan caminos enfrentados. Muchas veces, por el contrario, se han encontrado en una misma búsqueda: la de comprender aquello que nos rodea. 

Quizás por eso resulte particularmente interesante conocer la formación académica del actual Papa León XIV. 

Robert Francis Prevost estudió en la Villanova University, donde obtuvo en 1977 su título en Matemáticas y, paralelamente, estudió Filosofía. 

Hay algo fascinante en las matemáticas. Quien alguna vez se haya enfrentado a ellas sabe que detrás de cada problema existe inicialmente un misterio. Luego aparecen el razonamiento, el conocimiento y el ejercicio hasta encontrar una resolución. 

Es como subir una escalera cuyos peldaños nos permiten acercarnos, poco a poco, a algo que al principio parecía incomprensible. Y cuando uno contempla la extraordinaria precisión matemática que atraviesa el universo, es inevitable preguntarse si detrás de ese orden no existe también una inteligencia que supera nuestro propio alcance. 

Las ciencias exactas no son, por eso, enemigas de la Fe. Pueden convivir cuando la búsqueda del conocimiento no pretende negar el misterio, sino acercarse a él. 

Quizás esta formación ayude también a comprender algunas de las preocupaciones que León XIV viene expresando frente al desarrollo tecnológico y, particularmente, frente a la inteligencia artificial.

El mundo de los algoritmos trabaja con datos, probabilidades, cálculos y patrones. Pero el ser humano no puede reducirse a un conjunto de datos. 

Una ecuación puede establecer un resultado. Un algoritmo puede encontrar una solución. Pero ninguno de los dos puede determinar por sí mismo cuánto vale una vida humana, qué significa perdonar o por qué debemos amar a quien tenemos delante. 

Allí aparece una frontera fundamental: la tecnología puede decirnos qué podemos hacer, pero la ética debe ayudarnos a decidir qué debemos hacer. 

León XIV ha insistido precisamente en la necesidad de que el desarrollo tecnológico permanezca unido a la dignidad humana, al bien común y a la responsabilidad. Su propia formación parece ofrecerle una particular sensibilidad para comprender ambos mundos. 

Quizás por eso resulte especialmente significativo que su próximo viaje apostólico incluya la Argentina. Del 8 al 11 de noviembre visitará Buenos Aires, Córdoba y Luján, dentro de su viaje por Uruguay, Argentina y Perú. 

Será también una manera de reencontrarse con una América que conoce profundamente, después de tantos años de servicio pastoral en el Perú, y de continuar la cercanía con América Latina que caracterizó al Papa Francisco. 

Pero hay algo más profundo que una ecuación geopolítica. En un mundo que pretende medirlo todo, necesitamos volver a mirar aquello que no puede medirse. 

Necesitamos volver a mirarnos a los ojos. 

Porque quizás la ecuación más importante de nuestro tiempo no tenga números. 

Allí donde dos o más se reúnen en mi nombre, dijo Jesús, allí estaré yo en medio de ellos. 

Y allí no hay algoritmo capaz de reemplazar el encuentro. 

Porque podemos calcular distancias, pero no medir la cercanía. 

Podemos procesar millones de datos, pero no cuantificar el amor. 

Podemos construir máquinas capaces de aprender, pero todavía tendremos que enseñarles aquello que ninguna fórmula puede contener: que cada ser humano es único, irrepetible y posee una dignidad que no depende de ningún cálculo. 

Quizás esa sea una de las grandes tareas de León XIV: recordarnos que ciencia y Fe no tienen por qué enfrentarse. 

Que la inteligencia puede ayudarnos a descubrir el mundo. 

Pero sólo el amor puede enseñarnos para qué vale la pena hacerlo.

Por Aldo J. Barone Escritor .Especial para EL LIBERAL 

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