El crecimiento del agro abre nuevas oportunidades para las ciudades del interior santiagueño
El economista Iván Ordóñez analizó en el Congreso CREA cómo la expansión agropecuaria puede impulsar el empleo, las inversiones y el desarrollo urbano. Destacó los casos de Quimilí y Bandera, que duplicaron su población en tres décadas, y planteó la necesidad de agregar valor en origen.
El economista Iván Ordóñez, expositor en el Congreso CREA realizado en Santiago del Estero, destacó el potencial de las economías vinculadas con la producción agropecuaria para generar empleo, atraer población y diversificar las actividades económicas en dialogo con ELLIBERAL.
A partir de la experiencia de Brasil, el economista de CIPPEC (Centro de Investigacion en Politicas Publicas) planteó la necesidad de mejorar la rentabilidad del campo, integrar la producción de granos con la proteína animal y promover el agregado de valor en origen.
El desarrollo agropecuario puede convertirse en un motor de transformación económica y social para las ciudades del interior de Santiago del Estero. La expansión de la producción no solo genera ingresos en los establecimientos rurales, sino que también impulsa el comercio, los servicios, el empleo y la aparición de nuevas actividades profesionales. Ese fue uno de los ejes de la exposición del economista Iván Ordóñez durante el Congreso CREA, donde analizó la experiencia brasileña y sus posibles enseñanzas para las economías regionales argentinas.
El especialista puso el foco en la evolución de localidades santiagueñas como Quimilí y Bandera, que, según señaló, duplicaron su población en aproximadamente tres décadas. Para Ordóñez, estos casos permiten comprender cómo una economía vinculada con el agro puede ampliar sus oportunidades y convertirse en un factor de arraigo y desarrollo territorial.
"Lo que busca este trabajo es mostrar la atracción que tiene todo el sistema de agronegocios cuando amplía su producción", explicó.
Brasil: más producción, inversiones y desarrollo territorial
Para dimensionar el potencial del sector, Ordóñez comparó la evolución de Argentina con la de Brasil, país que experimentó una fuerte expansión de su producción agrícola durante las últimas décadas.
Según los datos expuestos por el economista, ambos países tenían niveles de producción de granos similares a comienzos de este siglo. Sin embargo, Brasil logró ampliar considerablemente su escala productiva, apoyado en mayores inversiones, avances tecnológicos y la expansión de la superficie sembrada.
Entre los factores que identificó como determinantes para ese crecimiento, destacó la previsibilidad económica y las condiciones que favorecieron la inversión de los productores.
"En Brasil nunca hubo retenciones, nunca hubo prohibición de exportaciones, nunca hubo cepo cambiario", afirmó.
Ordóñez sostuvo que la rentabilidad constituye un elemento central para explicar las diferencias de evolución entre ambos países. De acuerdo con su análisis, la hectárea de soja brasileña facturó, en promedio durante el período considerado, el doble que una hectárea argentina, lo que permitió destinar mayores recursos a fertilizantes, agroquímicos y tecnología.
El resultado fue una expansión productiva que también impulsó otras actividades, especialmente aquellas relacionadas con la transformación de granos en proteína animal. La mayor disponibilidad de materias primas favoreció el desarrollo de cadenas vinculadas con la ganadería bovina, la producción porcina y la avicultura.
Para el especialista, la experiencia brasileña demuestra que el impacto del agro debe medirse más allá de las toneladas cosechadas: también hay que observar cuánto valor agregado genera, qué inversiones moviliza y cómo modifica la estructura económica de los territorios.
Quimilí y Bandera, ejemplos del crecimiento del interior
Uno de los aspectos más relevantes de la exposición fue la relación entre la expansión agropecuaria y el crecimiento de las ciudades. Ordóñez describió cómo distintas regiones brasileñas que tenían una participación limitada en el comercio exterior se transformaron en polos productivos, atrajeron población y desarrollaron nuevas actividades económicas.
Como ejemplo, mencionó la región Centro-Oeste de Brasil, donde las exportaciones por habitante pasaron, según las cifras presentadas, de unos 160 dólares a aproximadamente 3.100 dólares. Ese proceso estuvo acompañado por una expansión de los centros urbanos y una mejora de las oportunidades económicas.
El economista vinculó esa experiencia con lo ocurrido en Santiago del Estero, particularmente en dos localidades del interior provincial.
"Quimilí pasó de 20.000 a 40.000 habitantes, Bandera de 5.000 a 10.000", señaló.
El crecimiento de estas ciudades refleja, desde su perspectiva, el potencial de una región donde la producción agropecuaria puede actuar como base para ampliar la actividad comercial, los servicios y el empleo. La expansión de los ingresos rurales genera demanda de crédito, mantenimiento de maquinaria, transporte, asesoramiento profesional y otros servicios que encuentran en las ciudades sus principales centros de prestación.
Ordóñez consideró que este modelo puede proyectarse sobre otras zonas productivas del centro del país y del norte argentino.
"Todo el centro del país puede ser un pulmón de producción de grano, de producción de proteína animal, que atrae gente y genera desarrollo local", sostuvo.
Rentabilidad y agregado de valor: las claves para crecer
Para que ese potencial se concrete, el economista planteó que es necesario generar condiciones que permitan recuperar la rentabilidad de las explotaciones agropecuarias y sostener las inversiones a largo plazo.
"Porque cuando no hay rentabilidad no hay negocio. Y cuando no hay negocio la gente no quiere invertir", advirtió.
No obstante, remarcó que el crecimiento no depende exclusivamente de los incentivos económicos. También requiere infraestructura, financiamiento, integración productiva y una estrategia que permita aprovechar localmente una mayor proporción de los recursos generados por el campo.
En ese sentido, propuso avanzar en la articulación entre la producción agrícola y las cadenas de proteína animal, con el objetivo de agregar valor en origen y reducir ineficiencias logísticas.
"Tenemos que avanzar hacia la integración con la producción de proteína animal: cerdos, pollos y, obviamente, novillos. Y eventualmente que la faena sea en origen", afirmó.
La propuesta apunta a que una mayor parte del proceso productivo se realice cerca de las zonas donde se generan los granos y se crían los animales. De esta manera, podrían ampliarse las oportunidades de empleo industrial, transporte, servicios y comercialización, fortaleciendo el entramado económico de las localidades del interior.
Para Santiago del Estero, el desafío consiste en transformar su potencial agrícola y ganadero en una plataforma de desarrollo más diversificada, capaz de generar nuevas inversiones y oportunidades laborales.
Construir ciudades y comunidades a largo plazo
Ordóñez aclaró que la transformación económica de una región no se produce de manera inmediata. La experiencia brasileña que analizó abarca décadas de expansión productiva, acumulación de capital y crecimiento de ciudades vinculadas con el agro.
"El desarrollo no es inmediato. Es una apuesta cotidiana de largo plazo. Es todos los días un poquito para estar un poco mejor que el día anterior durante 25 años", expresó.
A medida que una economía local crece, las oportunidades dejan de concentrarse exclusivamente en las actividades agropecuarias. Surgen nuevos comercios, servicios especializados, emprendimientos y profesiones que amplían las posibilidades de desarrollo para las familias.
El economista ilustró ese proceso con el ejemplo de una nueva generación que podría elegir desarrollar su actividad profesional o emprendedora en una ciudad como Quimilí, en lugar de trasladarse a los grandes centros urbanos.
"Así se va construyendo comunidad. Se va construyendo una red de comercios, de negocios, de profesiones, de proyectos de vida", concluyó.
El planteo deja una perspectiva económica para Santiago del Estero: aprovechar la producción agropecuaria no solo como fuente de ingresos y exportaciones, sino también como punto de partida para consolidar ciudades con más actividad, empleo y oportunidades. La experiencia de Quimilí y Bandera, junto con el caso brasileño, muestra la importancia de pensar el desarrollo del campo y el de las comunidades urbanas como partes de un mismo proceso.