Crónica del agua buscando su nivel
Por Belén Cianferoni.
¿Cómo están, mis queridos croniqueros? Toda la semana estuve pensando en ustedes.
Estoy escribiendo el 10 del 10 a las 10 horas.Siento la energía en mis dedos mientras tecleo estas palabras. Escribir en este cuadradito me ha ayudado más de lo que creen: razono con ustedes y hasta pienso en cuáles son los factores que guían mi vida.
Siento que le presto atención a todos los detalles y conversaciones que me rodean, y siempre hay alguna frase que me perturba o me aclara. Súmenle que soy curiosa por naturaleza.
Que jamás se diga que soy chismosa.
Escuché al pasar a una abuela recomendándole a su nieta, tras una ruptura amorosa: «Mija, no llore.
Ese no era su lugar. Ahí no iba a ser... Recuerde que el agua siempre busca su nivel».
Estos últimos días hubo muchos tumultos en el mundo literario. Algunos interesantes, otros no menos curiosos, pero ideales para aplacar nuestro paladar ansioso de delicadezas.
Mucha gente habló de Casciari y de unos supuestos manejos irregulares en el fondo de las películas, que estarían afectando a los inversores. Todo estos son dichos que andan dando vueltas. Algunas películas no salieron como debían y los fondos destinados a la producción habrían quedado sin explicar. El asunto gira en torno a Hernán Casciari y su Comunidad Orsai. Les cuento por si no siguieron el tema: Casciari siempre defendió el hacer cultura sin pedirle permiso al Estado ni a las plataformas.
En lugar de eso, invitaba a miles de lectores a convertirse en "socios productores" comprando bonos (de cien dólares o más, dicen) a cambio de participar en las decisiones creativas y, si todo salía bien, de una parte de las ganancias. Se cerró el ciclo de los primeros cinco proyectos audiovisuales, entre ellos
La Uruguaya y Canelones, y según cuentan varios socios, el retorno económico fue nulo o muy poquito. Dicen que algunos terminaron mandando intimaciones para que les muestren los números, y el cierre del ciclo, con la información trasladada a un área privada solo para aportantes, no ayudó a calmar las aguas.
En redes ya volaron las palabras gruesas, la que empieza con la letra e incluida.
Del otro lado, la productora se defiende diciendo que lo suyo no es una inversión financiera, sino una apuesta colectiva para que existan historias.
Y Casciari, fiel a su estilo, responde con ironía, como quien sabe que hasta la crítica puede ser parte del espectáculo. Yo no soy jueza ni contadora (y ya dije que jamás se me diga chismosa), así que dejo cada versión donde corresponde: reclamos de un lado, descargos del otro, y la justicia, que es la que tiene que decir qué pasó con la plata.
Son situaciones que lo llevan a una a pensar en lo importante que es el INCAA y cuánto bien nos hizo ese instituto. Me acuerdo de que, cuando iba al cine, estaba por ver El secreto de sus ojos, veía el logo del INCAA y pensaba: Aquí se pone interesante la situación.
Es difícil hacer arte a la intemperie, sin institutos como el INCAA o sin las becas del Fondo Nacional de las Artes, a las que podíamos concursar muchos artistas y gestores culturales para dar clases o hacer objetos culturales cerca de nuestra comunidad.
Y uno hace lo que puede con lo que tiene, porque el agua busca su nivel.
Son tiempos complicados, pero hacemos arte en todas partes y como sea.
Sin ir más lejos, unos pequeños grandes escritores me mandaron sus crónicas al diario y me quedé tan sorprendida, junto a su pobre Cintia Zamora, que decidimos publicarlas.
El arte también busca ser como el agua y esparcirse por todo el territorio.
Y mientras escribo esto pienso que el escándalo, más allá de quién tenga razón, nos deja una pregunta que no es menor: ¿quién sostiene el arte cuando nadie lo sostiene? Cuando se cae el paraguas del Estado, uno se tira a la pileta de la comunidad, y eso es hermoso, pero también tiene un precio: la confianza. Y la confianza, queridos croniqueros, es como una taza de café: tarda en prepararse y se rompe en un segundo.
Quizá por eso me quedo con la frase de aquella abuela. Mija, no llore, ese no era su lugar. Hay proyectos, amores y oficios que no son nuestro lugar, y darse cuenta no es un fracaso. Es solo el agua haciendo lo que sabe hacer: probar caminos, chocar con las piedras, rodearlas y seguir. El arte también va así, torcido, terco, buscando su cauce aunque no haya canal que lo guíe. Y la vida igual: no siempre sale como la película que soñamos, pero si estamos atentos, si anotamos t-od-o en esta cabeza revoltosa, siempre hay una escena que vale la pena.
Gracias por leerme hoy, 11 del 10. Cuídense mcho, escriban, no dejen de escribir y recuerden: el agua siempre encuentra su nivel.