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Opinión

Milei se rinde ante el fervor nacionalista, para alarma de los pocos liberales que lo resisten

Por  Marcos Novaro. 

Cada vez que el gobierno se abraza a la causa Malvinas, y hace algún alegato nacionalista contra los piratas británicos, amenaza con sanciones inaplicables, festeja que alguna empresa petrolera prefiera Vaca Muerta a Sea Lion o lo que sea, las encuestas muestran que entre el 70% y el 80% de la audiencia simpatiza con él, lo apoya más o menos enfáticamente y se olvida al menos por un momento de todos los disgustos que le han generado sus promesas incumplidas de inflación empezando con cero y crecimiento a ritmo de buzo.

En cambio si el presidente o sus funcionarios hablan justamente de inflación y crecimiento, apenas un 35% o 40% de la opinión pública les cree; si el tema es educación o salud, aún menos, y si el asunto es corrupción o justicia el porcentaje de confianza cae aún más.

Conclusión: vamos a tener a Milei hablando de Malvinas todo lo que pueda en los próximos meses, y hasta que la situación económica mejore, o pasen las elecciones.

Ha descubierto que la pasión nacionalista de los argentinos es imbatible y está además a pleno. En parte por el Mundial y todas las pasiones que desató, pero también seguramente por otros factores más estructurales: porque siempre o casi siempre ha sido así, porque el mundo luce cada vez más inestable, cerrado y amenazante, y también porque muchos argentinos están cansados de sentirse el último orejón del tarro, incluso frente a vecinos a los que hasta hace poco mirábamos por encima del hombro no solo en las canchas de fútbol.

Dada esta situación, un programa de gobierno como el mileista, que apuesta a reconciliarnos con ese mundo tan complicado (sobre todo el occidental desarrollado, el que más nos hace sentir poca cosa y más parece cerrarse), porque confía en que las soluciones a nuestros problemas vengan en buena medida de las inversiones externas, la apertura comercial y las exportaciones, la asistencia financiera de los EEUU y los organismos internacionales, es lógico que esté en aprietos. Y es tal vez también lógico, o inevitable, que intente matizar su espíritu globalista con algunas notas de viejo y sano nacionalismo. Como para compensar y disimular sus contradicciones.

El problema es que una vez que se abre esa puerta, el nacionalismo gana centralidad en la agenda pública, y como los opositores entienden bien el problema en que el gobierno está metido, presionan más y más para que ese proceso se profundice, las contradicciones oficiales se agudicen y en la medida de lo posible estallen.

Es lo que han venido haciendo el peronismo pero también unos cuantos opositores moderados con la Ley de Tierras y la posibilidad de que los extranjeros compren más tierras en el país. Tema que se volvió una fuente de disgustos para Milei aún peor que el de las universidades también por su propia torpeza al diseñar la agenda legislativa de este año, y buscar una reforma de la mencionada ley con muy mal timing, justo en el momento en que la ola nacionalista ganó mayor impulso, en julio pasado.

Por algún motivo no hubo tal escándalo cuando cerró Fate y nos volvimos "dependientes" de los neumáticos extranjeros. Tal vez porque esa "causa nacional" estaba demasiado manoseada y desprestigiada por años y años de tener que comprar neumáticos malos y pagarlos carísimos. Tampoco sucede en estos momentos con la importación de autos chinos y las amenazas de cierre de plantas automotrices locales, probablemente porque los consumidores de automóviles, igual que los de ropa, pueden constatar a simple vista los muchos decenios de desarrollo que separan la oferta importada y la doméstica, y lo absurdo y costoso que resulta para ellos seguir sosteniendo una industria que no ha tenido mayores incentivos para actualizarse durante el último cuarto de siglo.

Trabajadores de Fate marcharon para pedir que no cierre la empresa. (Foto: captura TN/Archivo)

Pero con la tierra no sucede lo mismo. La tierra es sagrada para el nacionalismo argentino. Como la causa Malvinas lo demuestra. Y es tan fuente de orgullo como la Selección: su valor está fuera de discusión, ella nos distingue, así que la queremos proteger de la codicia extranjera, para que quede toda para nosotros.

Se entiende por tanto el despelote desatado por el fallo de la Corte Suprema que habilitó la desregulación que había fracasado en agosto en el Senado, pero ya estaba incorporada en el decreto fundacional del programa reformista oficial, el 70/2023, contra una cautelar que trababa esa cláusula, presentada tiempo atrás, no casualmente, por un centro de veteranos de Malvinas. El peronismo, la izquierda trotskista y varios otros grupos políticos vieron en ello la demostración del carácter antinacional, por tanto ilegítimo, de dicho decreto (y también de la propia Corte), y la ocasión para impugnar a ambos en el Congreso y en las calles, y desarmar por completo el programa de gobierno. O al menos generar la mayor incertidumbre posible sobre su sustentabilidad y la del consenso reformista, cosa de abonar su fracaso. Así que convocaron de inmediato a manifestaciones de protesta y a una sesión especial de la Cámara Baja para tratar el asunto. Y el oficialismo entró en pánico ante la posibilidad de que algo así sucediera, por lo que se apresuró a reclamarle a la Corte que de alguna manera resolviera el despelote que había generado.

Lo que sucedió a continuación fue toda una muestra de nuestra fragilidad institucional ante las pasiones que suelen dominarnos, y de la escasa raigambre que siguen teniendo los principios liberales y el marco constitucional tanto en la sociedad como en los actores instituciones que deben defenderlos, incluso entre quienes se dicen liberales.

La Corte se reunió, sumando, para considerar el asunto, a dos conjueces, con la excusa de tratar otra cautelar contra la discutida cláusula del 70/2023, en este caso presentada por organizaciones de pueblos originarios y ambientales. Y en tiempo récord la avaló, con la sola disidencia de Carlos Rosenkrantz, cuatro a uno. El gobierno respiró aliviado y terminó de sepultar así la reforma que él mismo había estado impulsando hasta poco tiempo atrás: que los capitales extranjeros, así como pueden pesar cada vez más en la producción, los servicios y el consumo de los argentinos, incluso contra vacas hasta hace poco sagradas de nuestra identidad nacional, pudieran también invertir en tierras.

Y la disidencia de Rosenkrantz fue elocuente de las tensiones que en el programa de gobierno se han desatado entre su orientación liberal, y por tanto ajustada a reglas generales homogéneas y a objetivos de integración y apertura, y el ethos nacionalista, que el mileismo hizo propio más por oportunismo que por convicción, pero va enredándolo en una madeja cada vez más contradictoria. Para fundamentar su voto el juez sostuvo que "en la demanda no hay una sola indicación que permita inferir, siquiera mínimamente, que habría un peligro ambiental grave o irreversible que hiciera impostergable la adopción de una medida excepcionalísima… Como se dijo, la medida cautelar solicitada no fue fundada en la protección del ambiente", a lo que agrega que en ella tampoco se explica "qué relación tendría la nacionalidad del propietario de una tierra con la afectación de un derecho ambiental… Todo propietario de tierras rurales, sea nacional o extranjero, está obligado a respetar todas las normas de protección ambiental; el simple cambio de titularidad de la tierra no es indicativo per se de peligro ambiental alguno", concluyendo que "por amplio que pudiere ser el criterio con el que corresponda interpretar las reglas procesales en materia ambiental, la mera referencia genérica al medio ambiente no puede convertirse en una coartada para que los jueces dispongan medidas cautelares, siquiera interinas".

Milei seguramente masculló bronca contra este fallo de Rosenkrantz, que vuelve a exponer la tensión que existe entre su inclinación a hacer cualquier cosa que le convenga o necesite, y justificarlo desde un muy difuso credo libertario, y los recaudos procedimentales y de principio planteados por quienes llama con desprecio "sommeliers de las formas" o "catadores de formas", "liberales de copetín" o "de café".

Y algo de razón le cabe en este caso a su pragmatismo y oportunismo: porque ¿qué otra cosa podía hacer su gobierno sino ceder y plegarse a la ola nacionalista, cuando ella arrecia y encima él no tiene muchos éxitos económicos con que justificar la apertura y las reformas?, ¿no es acaso preferible ser inconsecuente y oportunista pero sobrevivir, que defender a rajatabla los principios y terminar hundiendo el barco?, y más importante aún, ¿acaso el liberalismo tiene que sacrificarse en la defensa de sus reglas y principios cuando enfrenta situaciones de emergencia y combate contra quienes sacan provecho de esas reglas pero para volverlas en su contra y destruirlas?

El punto es, volviendo al comienzo, que el oficialismo necesita algo del circo nacionalista de su parte mientras el pan que pueda ofrecer sea escaso. Pero tal vez igual le convenga contemplar la utilidad de que alguien como Rosenkrantz esté en la Corte y se anime a escribir lo que escribe. Porque le puede servir para distinguir lo que hace por necesidad y lo que hace por convicción, y evitar excederse en la dosis de lo primero, y más todavía en la de circo. Y que ella termine devorándose sus políticas, como ya hizo con su proyecto sobre propiedad privada, con el acercamiento a inversores británicos, empieza a suceder con sus relaciones con Chile, y la lista puede seguir.

Fuente consultada: Todo Noticias. 

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