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Opinión

12 de octubre: el día en que un desembarco se convirtió en muchas historias

Por Dr. Carlos I. Scaglione | Docente de la UNSE.

Durante mucho tiempo, el 12 de octubre fue contado como el comienzo de una epopeya. En los manuales escolares aparecía como el día en que Cristóbal Colón llegó a América y abrió las puertas de un continente hasta entonces presentado como desconocido. La historia parecía tener un comienzo preciso, un protagonista definido y una consecuencia inevitable: Europa llegaba a América para incorporarla a la historia universal. Pero había una pregunta que durante demasiado tiempo permaneció fuera de los libros: ¿qué historia comenzó para quienes ya estaban allí?

Porque América no estaba vacía. No era un territorio sin memoria, sin organización, sin conocimiento ni cultura. Había pueblos, lenguas, ciudades, sistemas agrícolas, cosmovisiones, conocimientos astronómicos y médicos, formas de organización política y complejas redes comerciales. Había, en definitiva, sociedades humanas con historias propias. El problema no fue solamente la conquista. También fue la manera en que posteriormente se contó la conquista.

El escritor uruguayo Eduardo Galeano convirtió esa pregunta en una de las líneas centrales de su obra. En Las venas abiertas de América Latina describió la historia continental desde la perspectiva de quienes padecieron la explotación de sus riquezas. Su mirada obligó a invertir el punto de observación: dejar de mirar América únicamente desde las capitales imperiales y comenzar a observarla desde las minas, los pueblos sometidos y las comunidades cuyos recursos alimentaron durante siglos economías lejanas.

Pero hay otro intelectual cuya reflexión resulta indispensable: Tzvetan Todorov. En La conquista de América. El problema del otro, analizó el encuentro entre europeos y americanos como un problema fundamentalmente relacionado con la capacidad —o incapacidad— de reconocer al otro como un semejante. La conquista no fue solamente una confrontación militar. También fue una confrontación entre sistemas de conocimiento, lenguas, religiones y maneras de comprender el mundo. Y allí aparece una cuestión incómoda: ¿qué sucede cuando quien tiene el poder también tiene el poder de nombrar al otro?

Nombrar es una forma de poder. Durante siglos, las poblaciones originarias fueron descriptas mediante categorías construidas desde Europa. "Salvajes", "bárbaros", "civilizados", "primitivos". Palabras que no eran inocentes: establecían una jerarquía y, en muchos casos, contribuían a justificar la dominación. El filósofo argentino-mexicano Enrique Dussel desarrolló una crítica profunda al eurocentrismo y a la manera en que la modernidad europea construyó su propia centralidad. Desde su perspectiva, la modernidad no puede ser comprendida únicamente como una historia de progreso, razón y emancipación; también debe analizarse junto con la conquista, la colonización y la subordinación de otros pueblos.

En América Latina, el sociólogo peruano Aníbal Quijano llevó esta reflexión todavía más lejos con su concepto de "colonialidad del poder". La conquista terminó formalmente hace siglos, pero determinadas estructuras sociales, económicas y culturales construidas durante la colonia continuaron reproduciéndose. La independencia política no significó necesariamente la desaparición de todas las formas de subordinación. Por eso el 12 de octubre no debería ser solamente una discusión sobre el pasado. También es una pregunta sobre el presente.

¿Cuánto conocemos realmente de las culturas originarias? ¿Cuánto de sus lenguas, sus conocimientos y sus formas de interpretar la naturaleza forma parte de nuestra educación? ¿Cuántas veces hablamos de diversidad cultural mientras reducimos esa diversidad a una fotografía, una danza o una artesanía?

Existe una paradoja que merece ser señalada: podemos celebrar la diversidad mientras continuamos desconociendo al diverso. La historia tampoco debería transformarse en una nueva simplificación. No se trata de reemplazar una versión unilateral por otra igualmente unilateral. El encuentro entre Europa y América fue un proceso histórico extraordinariamente complejo, atravesado por alianzas, conflictos, epidemias, intercambios culturales, violencia, mestizaje, evangelización, resistencia y transformación.

Pero reconocer esa complejidad no significa borrar las relaciones de poder. Como escribió José Martí, América debía ser pensada desde su propia realidad y no simplemente contemplada con categorías importadas. Su célebre llamado a conocer nuestras raíces conserva una extraordinaria actualidad: no puede construirse una identidad propia si se desconoce la historia propia.

Quizás por eso el debate sobre el nombre del feriado sea menos importante que el significado que decidamos darle. Día de la Raza. Día del Respeto a la Diversidad Cultural. 12 de octubre. Los nombres cambian porque también cambian las sociedades y sus preguntas. Pero cambiar un nombre no modifica por sí solo la historia. Lo verdaderamente importante es cambiar la mirada. Mirar el 12 de octubre no solamente desde las carabelas que cruzaron el Atlántico, sino también desde quienes observaron aquellas naves aproximarse a sus costas.

Mirarlo desde Europa, pero también desde América. Desde el conquistador, pero también desde el conquistado. Desde quien escribió la historia y desde quien durante siglos fue apenas un objeto de esa historia. Porque quizá el verdadero desafío de esta fecha no sea decidir quién tuvo razón quinientos años atrás, sino preguntarnos qué sociedad queremos construir hoy con las múltiples historias que forman nuestra identidad.

América Latina es hija de encuentros y desencuentros. Es indígena, europea, africana y mestiza. Es el resultado de migraciones, conquistas, resistencias, mezclas y conflictos. Pretender reducirla a una sola identidad sería otra forma de colonización. El 12 de octubre debería servir, entonces, para recordar que la historia nunca es propiedad exclusiva de quien la escribe. También pertenece a quienes la padecieron, a quienes resistieron y a quienes conservaron sus lenguas, sus tradiciones y sus memorias cuando todo parecía empujarlos hacia el olvido.

No basta con cambiar el nombre de un feriado para sanar siglos de injusticia. Pero tampoco es indiferente el nombre que una sociedad elige para recordar su historia. Por eso, la decisión del gobierno de Javier Milei de devolver al 12 de octubre la denominación de Día de la Raza no constituye un simple cambio administrativo: representa un retroceso en el camino de reconocimiento de la diversidad cultural y de revisión crítica de nuestro pasado. Cuando el mundo avanza hacia sociedades más conscientes de sus diferencias, volver sobre categorías que durante décadas se intentaron superar significa retroceder en el debate, empobrecer la memoria y desconocer la pluralidad que constituye nuestra identidad.

Una sociedad madura no teme revisar su historia. La estudia, no la idealiza ni la niega; la comprende para no repetir sus injusticias. La memoria no retrocede porque lo ordene un decreto, ni la diversidad desaparece porque se le cambie el nombre. Los pueblos originarios no son una nota al pie de la historia ni una presencia tolerada en el relato de otros: son parte constitutiva de nuestra América, de su pasado, de su presente y de su futuro.

El 12 de octubre debería ser una jornada para preguntarnos cuánto de aquella conquista sobrevive todavía en nuestras formas de pensar, de enseñar, de nombrar y de mirar al otro. Y si algo nos enseña la historia es que las palabras nunca son inocentes: pueden abrir caminos de reconocimiento o restaurar viejas jerarquías. Cambiar el nombre para volver atrás no es recuperar la historia: es retroceder en la conciencia histórica. Porque la verdadera memoria no consiste en repetir el pasado ni en restaurar sus viejas denominaciones, sino en comprenderlo para impedir que sus injusticias vuelvan a presentarse bajo nuevos nombres. América no necesita que le devuelvan una etiqueta del pasado; necesita que se reconozca, sin prejuicios ni silencios, toda la riqueza de las historias que la hicieron y la siguen haciendo.

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