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Opinión

Entre la leyenda negra y la verdad histórica

Por Alberto Pravia | Presidente de la Casa de España.

El 12 de octubre excede la mera conmemoración de una fecha, es el encuentro entre España y América, un acontecimiento decisivo de la historia universal, pero su interpretación suele quedar atrapada entre dos extremos, la idealización de la conquista y una leyenda negra que reduce siglos de historia a una empresa de exterminio.

La afirmación de que España organizó un genocidio sistemático de los pueblos originarios, en los términos con que hoy se utiliza esa expresión, exige un análisis que distinga las intenciones políticas, las prácticas concretas y las consecuencias demográficas. 

La catástrofe indígena fue real, pero sus causas fueron múltiples y no pueden atribuirse a una política deliberada de exterminio. 

También resulta históricamente correcto sostener que las experiencias coloniales españolas y anglosajonas fueron idénticas.

En América del Norte, la expansión territorial británica y, posteriormente, estadounidense estuvo acompañada de despojos, desplazamientos forzados, guerras y políticas de expulsión que ocasionaron la destrucción de numerosas comunidades indígenas. 

Cada proceso debe juzgarse a partir de sus propios hechos y circunstancias.

Un aspecto frecuentemente omitido es que dentro de la propia España surgieron voces que cuestionaron los abusos de la conquista. 

Bartolomé de las Casas denunció con extraordinaria energía la crueldad ejercida contra los indígenas y contribuyó a instalar el problema en la conciencia política y religiosa de su tiempo. 

Francisco de Vitoria, desde la Universidad de Salamanca, reflexionó sobre los derechos de los pueblos americanos, los límites del poder imperial y los títulos jurídicos que podían invocarse para justificar la presencia española. 

Sus ideas, aunque propias de su época y no exentas de contradicciones, forman parte de los antecedentes del derecho internacional moderno y los derechos humanos, y esto se omite deliberadamente por un sector ideologizado que se empeña en hablar de conquista, genocidio, etc.

Aquí corresponde recordar la fundación de universidades, hospitales, ciudades e instituciones educativas y jurídicas en los territorios americanos.

La Universidad de Santo Domingo, la de San Marcos de Lima, la de México y nuestra cordobesa son testimonios de una tradición institucional que contribuyó a configurar la vida cultural del continente. 

Aquella herencia no borra los abusos, pero impide reducir la presencia española a una historia exclusivamente destructiva.

Del mismo modo, las sociedades indígenas no constituían un universo homogéneo ni estaban exentas de guerras, sometimientos, sacrificios humanos y prácticas de extrema violencia. 

Algunos pueblos ejercieron dominación sobre otros y protagonizaron conflictos que, en determinados casos, provocaron la destrucción de comunidades. Reconocerlo no significa atribuir una culpabilidad colectiva a los pueblos originarios, sino admitir que la violencia y las relaciones de poder también existían antes de la llegada europea.

El 12 de octubre debería ser, por tanto, una oportunidad para abandonar tanto la nostalgia acrítica como la condena retrospectiva indiscriminada. 

América como la conocemos nació de un encuentro conflictivo entre pueblos y civilizaciones, del que surgieron nuevas sociedades, lenguas, creencias e instituciones. 

Nuestra identidad no se comprende suprimiendo una parte de esa historia, sino estudiándola en toda su complejidad.

La verdad histórica no necesita leyendas negras ni leyendas doradas, solo requiere de documentos, contexto y honestidad intelectual, solo así podremos recordar el pasado sin convertirlo en instrumento de resentimiento, y reconocer una herencia compartida que, con sus luces y sombras, continúa formando parte de lo que somos.

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