Crónica de mi madre en el Santiagueñazo
Por Belén Cianferoni
Se nos vino el Día de la Madre encima. Ayer estaba escribiendo sobre el calor de enero y hoy estamos en octubre.
Recuerdo los regalos del Día de la Madre cuando era pequeña. Una flor, un perfume, un dibujito, un chocolate, algo que salvaba de mi ansiedad de jugar y que guardaba con orgullo para ella. El regalo que le daba, en verdad, era mi esfuerzo por no usar el regalo. Era pensar en alguien más por sobre mi egoísmo infantil.
Pero la verdad es que Santiago del Estero me enseñó bastante, a los seis años, como para ser egoísta y mirar para otro lado. Cumplí seis años en 1993.
Para los croniqueros ñoños, mi cabeza estaba saliendo del estadio preoperacional y entrando a las operaciones concretas. Podía asimilar algunas ideas y tenía intuición. Es el año en que empezaron a dar Sailor Moon en Argentina por televisión y fue cuando alquilaron Batman en casa.
Empecé el colegio y había escuchado a Fito y a Charly por primera vez.
Poco a poco empecé a ver gente más enojada de lo habitual, y ciertas comodidades empezaron a bajar. Ya no me daban tantas monedas para el recreo y cada vez era más difícil ver gente sonriendo.
Recuerdo a mi madre como una mujer con el pelo atado, que nos cocinaba bizcochuelos mientras hablaba con mi abuela o mi padre sobre un problema con los sueldos. Yo estaba abajo de la mesa, viendo cómo alguien había comido chicle y lo había pegado escondido ahí.
Yo no masticaba chicles porque mi abuela temía por mi vida. Me podía asfixiar. Tampoco me dejaba comer hamburguesas porque podía morir con el síndrome urémico hemolítico.
Así que miraba en silencio la tele mientras escuchaba cómo algunos sueldos se atrasaban. El ánimo en casa se mantenía, pero costaba. Mamá siempre trabajando y, por un par de noches, se quedaba peleando con planillas de cálculo. Ahí empezaron mis recuerdos de mi madre con Microsoft Excel.
La impresora de puntos, el ratón sin pelos y la pantalla de tubo empezaron a formar parte de su vida.
Seguían las charlas de los sueldos que no se depositaban y yo no entendía mucho, pero mamá empezó a ir a unas marchas.
Un día, de la nada, para mí, algo grave pasó. Mi abuela usaba la tele y estaba preocupada porque mis viejos no llegaban.
Era nervios puros esa turca. Me acerqué a ver qué estaba mirando y... también empecé a tener miedo. Porque vi cómo en la tele decían que había problemas en la protesta. Aparecía fuego, gente rompiendo cosas y tuve miedo, mucho miedo.
Mi papá estaba con mamá, pero apenas estaba por empezar a morderme las uñas de ansiedad, sentí cómo por la puerta entraban los dos. Sorprendidos, levemente asustados y esperando a ver qué pasaba en la tele.
Ese día no pude ver dibujitos, así que pensé que era otro sacrificio por mi familia que tenía que hacer. Además, parecía una película de acción.
Imaginaba que yo era Sailor Moon y que mi magia mantenía a mi familia lejos del fuego y de la maldad del mundo exterior.
Ese año la Navidad olió a humo y todo el mundo estaba consternado, hablando de cómo entraron a las casas y sacaron cosas.
Por ahí escuchaba que entraron y encontraban cosas que no entendía qué eran, pero que les daban mucha risa. «Les dará consuelo», pensaba mi Belén de seis años.
Más me ponía abajo de la mesa y escuchaba hablar de un Mujica que se iba, de un Lobo y de un cordobés que llegaba a intervenir, y que después también termine temiendo. Schiaretti, era.
Recuerdo tener mucha confusión y miedo por el mundo exterior. Me refugiaba en la tierra, en los dibujitos y esperaba que el humo se asentara.
Años más tarde entendí todo. Tuve una audiencia con mis recuerdos y uní las imágenes con los hechos.
Entendí por qué mamá se quedaba hasta tarde frente al Excel, por qué había menos monedas para el recreo, por qué los adultos hablaban en voz baja y por qué aquella Navidad olía a humo.
También entendí que mientras yo jugaba a ser Sailor Moon para proteger a mi familia, mamá hacía lo mismo, pero de verdad. Solo que en vez de una varita mágica tenía planillas, marchas, trabajo y una casa que sostener.
Mi mamá es una superhéroina que iba a marchas y sabe usar excel.
Felíz día de la madre a todas.