30 DE OCTUBRE, EL VOTO SOBREVIVE, PERO LAS CONQUISTAS SOCIALES RETROCEDEN
Por Dr. Carlos Scaglione.
Por Dr. Carlos Scaglione | Docente de la UNSE
El 30 de octubre de 1983 no fue simplemente el día en que Raúl Alfonsín ganó una elección. Fue el día en que la Argentina recuperó la posibilidad de decidir su destino mediante el voto, después de los años más oscuros de nuestra historia reciente.
Las calles se llenaron de argentinos celebrando. Muchos lo hicieron con la bandera de la Unión Cívica Radical; otros, simplemente, con la emoción de haber recuperado algo que parecía perdido: la libertad.
Detrás de aquella celebración había una historia de terror: secuestros, torturas, asesinatos, desapariciones forzadas, apropiación de niños, censura y persecución política y sindical. La dictadura había quebrado las instituciones republicanas y convertido al Estado en instrumento de una represión sistemática.
Por eso aquel triunfo electoral tenía un significado que excedía largamente a un partido o a un candidato. No había ganado solamente Alfonsín: había recuperado su voz una sociedad silenciada durante años.
La herencia que sobrevivió a la dictadura, no dejó solamente una tragedia humana. También produjo una profunda transformación económica.
Durante esos años se modificó la relación entre el capital y el trabajo, se debilitó el poder de los asalariados, aumentó la concentración económica y se consolidó un modelo de valorización financiera. La recuperación democrática terminó con el régimen militar, pero no borró automáticamente las transformaciones económicas producidas durante aquellos años.
Y aquí es donde el aniversario deja de ser solamente memoria para convertirse en una discusión sobre el presente. ¿Cómo es posible que algunas de aquellas tendencias de concentración económica y deterioro social puedan reaparecer, décadas después, dentro de un sistema democrático?
La pregunta resulta especialmente relevante en la Argentina actual, donde las políticas de ajuste y reducción del gasto público han generado fuertes controversias sobre su impacto distributivo y sobre la capacidad del Estado para sostener determinadas prestaciones y derechos.
No estamos ante una dictadura. Esa diferencia debe ser preservada con absoluta claridad. Hoy existen elecciones, Congreso, partidos políticos, libertad de expresión, organizaciones sociales y mecanismos constitucionales para cuestionar las decisiones del poder. Precisamente por eso, la discusión debe darse dentro de las instituciones democráticas y mediante la participación ciudadana.
Pero tampoco debemos confundir legitimidad electoral con justicia social. Que un gobierno haya sido elegido democráticamente no convierte automáticamente en justas todas sus decisiones ni hace iguales sus consecuencias para toda la sociedad.
Cuando el pasado dialoga con el presente La discusión se vuelve concreta cuando observamos lo que ocurre con sectores particularmente vulnerables. Los jubilados han protagonizado reiterados reclamos por sus ingresos y por el acceso a medicamentos. Las personas con discapacidad han reclamado por prestaciones, financiamiento y políticas específicas. Las universidades públicas han defendido su presupuesto y su capacidad de funcionamiento. Las organizaciones de mujeres han cuestionado modificaciones o recortes en políticas destinadas a prevenir y atender situaciones de violencia y desigualdad.
Son conflictos diferentes, pero tienen un punto en común: discuten cuánto está dispuesta una sociedad a garantizar para que los derechos reconocidos formalmente puedan ejercerse efectivamente. Ese es el puente entre 1983 y 2026. En 1983 la gran batalla era recuperar las libertades políticas.
Hoy, sin abandonar jamás esa conquista, la discusión democrática incorpora otra dimensión: cómo evitar que la libertad conviva con niveles de desigualdad que terminen convirtiendo los derechos en privilegios para quienes tienen mayores recursos.
Porque una universidad puede ser formalmente pública y, sin embargo, resultar inaccesible para un joven que debe abandonar sus estudios para trabajar. Una jubilación puede existir legalmente y ser insuficiente para sostener una vida digna.
Una política de discapacidad puede estar reconocida por la legislación y, sin embargo, encontrar obstáculos presupuestarios que dificulten su aplicación. Y un derecho conquistado puede permanecer escrito mientras las condiciones materiales para ejercerlo se deterioran.
Democracia no es solamente votar Aquí está uno de los desafíos centrales de nuestro tiempo. La democracia se sostiene en elecciones libres, división de poderes, libertad de expresión, pluralismo y respeto por la Constitución. Pero también necesita condiciones sociales que permitan que esas libertades no sean meramente formales. Por eso, discutir la distribución de la riqueza, el sistema previsional, la educación pública, la salud, las políticas de discapacidad, la igualdad de género o el papel del Estado no significa apartarse de la democracia.
Es discutir qué democracia queremos. Y esa discusión debe poder hacerse sin confundir adversarios políticos con enemigos, sin negar la legitimidad del voto y sin convertir las diferencias ideológicas en una amenaza para la convivencia. El verdadero significado del 30 de octubre Cada 30 de octubre debemos recordar que en 1983 Argentina dijo Nunca Más a la dictadura, al terrorismo de Estado, a las desapariciones, a la tortura y al asesinato político.
Ese compromiso es irrenunciable. Pero una democracia no puede vivir únicamente de la memoria de aquello que rechazamos. También debe ser capaz de mirar críticamente su presente. La democracia argentina tiene más de cuatro décadas. Ya no alcanza con celebrar que sobrevivió. Hay que preguntarse qué hemos hecho con ella. Si la concentración económica aumenta, si los sectores más vulnerables pierden protección, si el acceso a la educación y la salud se vuelve más desigual o si derechos conquistados comienzan a retroceder, la respuesta no puede ser abandonar la democracia.
Debe ser más democracia: más participación, más debate, más instituciones, más control ciudadano y una discusión permanente sobre la distribución de las oportunidades. Porque aquella multitud que salió a las calles el 30 de octubre de 1983 no estaba celebrando solamente una elección. Estaba celebrando la posibilidad de construir un país diferente. Cuarenta y tres años después, esa construcción continúa. El verdadero homenaje a quienes hicieron posible aquel día no consiste solamente en recordar el pasado. Consiste en impedir que el Nunca Más quede reducido a una frase histórica.
Nunca Más una dictadura. Nunca Más el Estado utilizado para perseguir, torturar y desaparecer. Y también nunca más una sociedad que considere inevitable que la libertad política conviva con la exclusión, la desigualdad y la pérdida de derechos.
Porque la democracia no es una obra terminada el 30 de octubre de 1983. Es una construcción cotidiana. Y cada generación recibe la responsabilidad de decidir qué hace con ella.
Ante tanta furia desmedida del actual presidente hay que recordar las palabras del teólogo Leibowitz, "La única rama del olivo que logra cruzar la mueca persistente del odio y la muerte crece únicamente en el encuentro de semejantes. Nunca en el sometimiento".