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Opinión

Suicidio adolescente: la importancia de llegar antes

Por Maximiliano Abad

Hay temas que preferimos no nombrar. Creemos que si no hablamos de ellos, no existen; o que les pasan a otros, en otras familias, en otras ciudades. El suicidio de adolescentes y jóvenes es uno de esos temas. Y es, justamente por eso, uno de los que más urgentemente necesitamos poner sobre la mesa.

Esta semana convocamos en el Senado de la Nación a una jornada sobre prevención del suicidio en jóvenes en la provincia de Buenos Aires, junto al decano de la Facultad de Psicología de la UBA, Jorge Biglieri, y a los investigadores Martín Etchevers y Cristian Garay. No fue un acto protocolar: fue una decisión política. La de asumir que este no es un tema ajeno.

En el mundo, más de 720.000 personas mueren por suicidio cada año, y es la tercera causa de muerte entre los jóvenes de 15 a 29 años. En la Argentina es una de las principales causas de muerte entre los jóvenes. En 2025 la tasa nacional llegó a 11,8 cada 100.000 habitantes, la más alta de la serie, y la de la Provincia de Buenos Aires a 11,9. Fueron 5.209 vidas en todo el país, 1.977 de ellas bonaerenses.

Pero las muertes son solo la parte visible. Entre abril de 2023 y octubre de 2025 se notificaron 22.249 eventos de conducta suicida en el sistema de salud, y las tasas más altas se concentran entre los 15 y los 24 años. La evidencia internacional indica que por cada muerte hay en promedio unos 25 intentos, y que quienes ya atravesaron un intento tienen un riesgo mucho mayor en las semanas y meses siguientes. Es decir: sabemos dónde mirar. La pregunta es si estamos mirando.

No esperar a que ocurra

Ya lo aprendimos con la ludopatía. Cuando las apuestas online llegaron a los celulares de nuestros chicos, durante demasiado tiempo pensamos que era un problema de otros, hasta que la realidad golpeó la puerta de miles de hogares. Con el suicidio adolescente no podemos repetir ese error. Son temas que nos tienen que involucrar a todos, sin distinciones partidarias, sin especulaciones y sin esperar la próxima tragedia para reaccionar.

Prevenir es llegar antes. Y para llegar antes hay que derribar algunos mitos. Los especialistas son claros: preguntarle a alguien si está pensando en quitarse la vida no le instala la idea; le abre una puerta para hablar. La mayoría de las personas da algún tipo de señal antes. Y existen intervenciones eficaces: cuanto más temprana es la ayuda, mayores son las posibilidades de acompañar y salir adelante. El silencio, en cambio, nunca protegió a nadie.

Lo que está en juego

Argentina tiene desde 2015 una Ley Nacional de Prevención del Suicidio, la Ley 27.130. Más de diez años después, el desafío no es normativo: es de implementación. Que la ley llegue a cada escuela, a cada centro de salud y a cada municipio, con equipos, recursos y protocolos que funcionen. Para eso propongo tres ideas.

Primero, abordajes integrales. El suicidio no tiene una causa única: se combinan el sufrimiento psíquico, el consumo problemático, el bullying, el aislamiento, las rupturas y las historias de vida adversas. Ninguna respuesta aislada alcanza. Salud, educación, desarrollo social y seguridad tienen que trabajar juntos, con objetivos comunes y metas que se puedan medir.

Segundo, el aporte de la ciencia. La universidad pública argentina produce conocimiento de primer nivel sobre este tema: herramientas de evaluación validadas en nuestro país, guías de intervención, protocolos de posvención para las escuelas. Las políticas públicas tienen que apoyarse en esa evidencia y no en la intuición ni en la urgencia del día. Defender a la universidad es también esto.

Tercero, un trabajo en red. Ningún profesional, ninguna escuela y ninguna familia pueden solos. Necesitamos redes que conecten al docente que detecta una señal con el equipo de salud que puede atender, y que garanticen el seguimiento de cada joven que atravesó un intento, porque ese es el momento de mayor riesgo. Y en esa red los medios y las redes sociales también tienen responsabilidad: la forma en que se comunica un caso puede proteger o puede dañar.

Para mí, la escuela es el corazón de esa red. Cuando hablamos de una revolución educativa no hablamos solo de alfabetización y de aprendizajes: hablamos de escuelas que cuidan, con docentes formados y acompañados para escuchar, detectar y derivar a tiempo. Una escuela que mira a sus chicos a los ojos es la primera línea de prevención.

Pienso en mi ciudad, Mar del Plata, en los pibes de nuestros barrios, de Batán y de Sierra de los Padres, en sus clubes y en sus escuelas. Pienso en los docentes que muchas veces son los primeros en darse cuenta de que algo no anda bien, y en las familias que no saben a quién llamar. Por ellos tenemos que dejar de mirar para otro lado.

La política tiene muchas discusiones legítimas. Esta no debería ser una de ellas. Cuidar la vida de nuestros jóvenes es un compromiso que nos tiene que encontrar del mismo lado. Hablar a tiempo salva vidas. Llegar antes, también.

Si vos o alguien cercano está atravesando un momento difícil, pedí ayuda: Línea Nacional de Salud Mental 0800-999-0091 (gratuita, las 24 horas) - Centro de Asistencia al Suicida: 135 (gratuita desde CABA y GBA) o (011) 5275-1135 desde todo el país· En una emergencia, llamá al 911.

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