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Opinión

La gran guerra civil de los argentinos: Rosas enfrentó las amenazas extranjeras en medio de los conflictos internos

Por Eduardo Lazzari

Los historiadores tenemos el deber ético de presentar la mayor cantidad posible de acontecimientos relevantes que permitan establecer un contexto preciso al relatar un período del pasado. Muchas veces, la necesidad de acotar los hechos dificulta la reconstrucción de un escenario completo que facilite su comprensión.

Por eso, cuando se aborda el complejísimo proceso de las guerras civiles argentinas, sobre todo el período de conflictos políticos entre 1828 y 1852, es fundamental incorporar el contexto internacional y los frentes diplomáticos abiertos. La inexistencia de un gobierno central organizado constitucionalmente era aprovechada por las potencias extranjeras para intervenir en beneficio propio sobre los distintos protagonistas provinciales.

Hoy nos dedicaremos a dos conflictos internacionales que debió afrontar la Confederación Argentina, conducida por Juan Manuel de Rosas en materia de diplomacia y defensa nacional. Son episodios que suelen quedar relegados en una historiografía que, a veces, adolece de una mirada "ombliguista", propensa a interpretar los acontecimientos políticos argentinos como si estuvieran aislados de lo que ocurría en el mundo.

El paso de la década de 1830 a la de 1840 estuvo marcado por dos guerras abiertas con potencias regionales y globales: una en la frontera norte y otra en el Río de la Plata.

El contexto interno previo a estos conflictos exteriores fue relatado en la primera parte de esta historia. Para comprender aquella época, vale recordar, parafraseando al Martín Fierro: "Los hermanos sean unidos porque esa es la ley primera; tengan unión verdadera en cualquier tiempo que sea, porque si entre ellos pelean los devoran los de afuera".

La guerra contra la Confederación Peruano-Boliviana

Un episodio bastante ignorado de la historia sudamericana, por lo menos en el relato histórico argentino, es la conformación de la Confederación Peruano-Boliviana en 1836. Su territorio se asemejaba al del antiguo virreinato del Perú, anterior a la creación del Virreinato del Río de la Plata en 1776, cuando se hablaba del Alto Perú y del Bajo Perú.

En 1834, una guerra civil arrasó el Perú, que quedó dividido en dos regiones: el Norte y el Sur. Esta situación fue aprovechada por el presidente boliviano, el mariscal Andrés Santa Cruz, para forzar la unión de las tres entidades políticas bajo su mando, con el título de Supremo Protector, el 28 de octubre de 1836.

El Pacto de Tacna, firmado el 1.º de mayo de 1837, dio estatus jurídico a la nueva nación. Santa Cruz aprovechó la situación para consolidar su dominio sobre Tarija, antigua jurisdicción salteña disputada con la Confederación Argentina.

A principios de ese año se produjo un conflicto fronterizo cuando una partida boliviana ingresó en territorio argentino en persecución de un grupo opositor a Santa Cruz. El gobernador porteño, Juan Manuel de Rosas, en su carácter de encargado de las relaciones exteriores argentinas, presentó un enérgico reclamo.

Finalmente, el 19 de mayo de 1837, la Confederación Argentina declaró la guerra a la Confederación Peruano-Boliviana y designó comandante del ejército al gobernador tucumano Alejandro Heredia.

Cabe destacar que Santa Cruz había llevado a su confederación a una guerra contra Chile, país que, a su vez, había buscado una alianza con Rosas. Sin embargo, las negociaciones no pasaron de las declaraciones diplomáticas.

En agosto de 1837, el ejército peruano-boliviano atravesó la frontera y comenzó a ocupar pueblos y ciudades de las quebradas norteñas: La Quiaca, Cochinoca, Iruya y Humahuaca.

Hacia fines de ese año, Santa Cruz logró la paz con Chile y concentró sus fuerzas en el frente argentino. Las rebeliones de varios regimientos provinciales contra el mando de Heredia, incluido el motín del coronel Carrillo en Santiago del Estero, obligaron a las tropas argentinas a retroceder hasta Salta.

El escenario parecía favorable a las ambiciones de Santa Cruz, que pretendía incorporar a su Estado los territorios de la puna salteña y avanzar hacia el sur.

Heredia intentó llegar al territorio altoperuano mediante una campaña organizada en dos columnas, encabezadas por los coroneles Gregorio Paz y Manuel Virto. La operación fracasó y el ejército debió retroceder hasta Tucumán, donde prácticamente quedó disuelto.

Esto envalentonó a Santa Cruz, que procedió a anexar los pueblos de Santa Catalina, Yaví y Abrapampa.

Cuando todo parecía favorecer a la Confederación Peruano-Boliviana, una alianza encabezada por el chileno Manuel Bulnes y el peruano Agustín Gamarra atacó a Santa Cruz y lo derrotó completamente en la batalla de Yungay, el 20 de enero de 1839. La derrota puso fin a la Confederación y al largo gobierno del mariscal boliviano.

Luego de un prolongado período de incertidumbre, a principios de 1839 el nuevo presidente de la restaurada Bolivia, el general José Miguel de Velasco, dio por terminada la guerra y comenzó las gestiones diplomáticas.

Las negociaciones avanzaron cuando Rosas renunció a recuperar Tarija, territorio que antiguamente había pertenecido a Salta. Esa decisión llevó a los tarijeños a inclinarse por su incorporación a Bolivia, al sentirse abandonados por Buenos Aires.

En marzo de 1839, Bolivia devolvió a la Argentina los territorios ocupados por Santa Cruz.

Fue una guerra que no tuvo una definición clara en el terreno militar y en la que el país perdió la oportunidad de obtener mejores resultados debido a los otros escenarios bélicos que debía afrontar.

l año 1838

Además de la guerra contra la Confederación Peruano-Boliviana, 1838 fue un año poco auspicioso para el liderazgo federal de Rosas.

La muerte de su aliado Estanislao López, el 15 de junio, y la de su esposa Encarnación Ezcurra, el 20 de octubre, constituyeron duros golpes anímicos para el Restaurador.

A estas pérdidas se sumó el aumento de la tensión con los unitarios porteños, que se manifestó en el cierre del Salón Literario de Marcos Sastre, el exilio de varios de sus integrantes y el comienzo de una fuerte persecución a través de la Mazorca, una organización parapolicial que respondía directamente al gobernador.

Estos conflictos pusieron fin a la estabilidad política de la que Rosas había disfrutado hasta entonces.

El gobierno porteño se sintió amenazado desde demasiados frentes, lo que contribuyó a intensificar la persecución de los unitarios locales. Muchos abandonaron Buenos Aires rumbo a Montevideo y Chile.

Juan María Gutiérrez, Esteban Echeverría, Juan Bautista Alberdi, José Mármol y Vicente Fidel López emprendieron el camino del exilio y se convirtieron en algunos de los intelectuales más activos de la oposición al régimen federal de Buenos Aires.

El bloqueo francés de Buenos Aires

El año 1838 también estuvo marcado por una grave crisis diplomática. Una serie de incidentes con Francia, iniciados el año anterior, derivó en el bloqueo del puerto de Buenos Aires por parte de la flota francesa, comandada por el almirante Luis Leblanc.

Las discusiones entre Rosas y los representantes diplomáticos franceses por el pedido de exención del servicio militar para los súbditos de ese país se agravaron cuando el gobernador negó reconocimiento diplomático al encargado de negocios Aimé Roger.

Roger había reemplazado de hecho al embajador, el marqués de Vins de Peysac, fallecido mientras ejercía sus funciones en Buenos Aires.

La situación se precipitó cuando el impresor francés César Bacle murió en prisión tras haber sido detenido bajo una falsa acusación de traición.

Roger arrió la bandera y retiró el escudo del consulado francés en Buenos Aires. Luego viajó a Montevideo, donde ya se encontraban buques de guerra de su país.

Tras el fracaso de las negociaciones con Rosas, Leblanc estableció el bloqueo del puerto de Buenos Aires, consciente del perjuicio que provocaría a las arcas fiscales porteñas.

Mientras tanto, Roger, en contacto con el gobierno uruguayo del general Manuel Oribe, aliado de Rosas, presentó distintas propuestas para resolver el conflicto mediante el pago de indemnizaciones a Francia.

Rosas rechazó enérgicamente estas exigencias a través de su nuevo ministro de Relaciones Exteriores, Felipe Arana, por considerarlas ignominiosas y ofensivas.

Al mismo tiempo, el gobernador convocó nuevamente al servicio al almirante Guillermo Brown, quien viajó a Montevideo para organizar una flotilla de apoyo a Oribe.

Sin embargo, el mandatario uruguayo debió abandonar el gobierno ante la presión de Fructuoso Rivera, que asumió la presidencia del Uruguay.

Brown apenas consiguió organizar una escuadra de tres buques. Leblanc, por su parte, desplegó sus naves a la salida del puerto de Montevideo y amenazó con destruir las embarcaciones que respondían a Buenos Aires, dejándolas prácticamente inmovilizadas.

El 11 de octubre, la flota francesa tomó la isla Martín García con el apoyo de Rivera, enfrentado entonces con Oribe y Rosas.

La situación del gobernador porteño era grave. Optó por no responder militarmente a las agresiones francesas y comenzó una intensa negociación con Gran Bretaña.

Todo esto ocurría mientras se multiplicaban las rebeliones contra los gobernadores federales en distintas provincias.

Rosas debía actuar con extrema prudencia: no podía mostrar debilidad frente a sus adversarios, pero tampoco realizar concesiones que lo dejaran en una posición desairada ante sus aliados del interior.

Su habilidad política se manifestó en la decisión de presentarse como defensor del orden interno y de la soberanía nacional frente a las presiones extranjeras.

Esta posición fue incomodando al gobierno francés, que finalmente ordenó levantar el bloqueo del puerto de Buenos Aires el 29 de octubre de 1840.

La gestión del ministro Arana, un ilustre argentino hoy poco recordado, resultó muy efectiva y culminó en un notable logro diplomático: la firma del Tratado Arana-Mackau entre Francia y la Confederación Argentina.

El acuerdo estableció un trato recíproco favorable entre ambas naciones y dispuso la devolución de la isla Martín García y de los barcos capturados durante la campaña naval al dominio del gobierno porteño.

Uno de los aspectos más controvertidos de este período fue la discusión sobre la legitimidad de que los unitarios exiliados buscaran asistencia extranjera, en este caso francesa, para terminar con un régimen que consideraban despótico.

Se trata de un debate histórico que todavía no ha sido definitivamente zanjado.

El triunfo diplomático de Rosas no logró ocultar los crecientes conflictos internos. Las rebeliones provinciales, el levantamiento de los hacendados del sur del río Salado, en la provincia de Buenos Aires, y las campañas militares de Lavalle y Lamadrid contra los federales anunciaban nuevas confrontaciones.

Esa es la historia que contaremos, si Dios quiere, el próximo fin de semana en estas queridas páginas de TN.com.ar.

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