Crónica del grillo en el pelo
Por Belén Cianferoni
Buen día, amigos. Ya puedo decirles amigos. Me conocen y, por cómo varios de ustedes me escriben, también pude llegar a conocerlos un poco.
Semana completa nos tocó. Hasta vino con vermut, papas fritas y un good show.
Hoy no me desperté: un grillo ladrillo aterrizó en mi cabeza y empezó a zapatearme en medio del pelo. No pude conciliar el sueño después de eso, así que me quedé supervisando el ventilador de techo y viendo un par de videos por el celular.
Son adictivas esas cositas y no sé en qué momento se me fue todo de las manos. Empecé con unos gatos bailando y terminé viendo unos videos terribles en los que te explicaban que tenías que ser tu propia jefa y en los que maltrataban a una actriz por su peso.
Empieza divertido y, poco a poco, todo se vuelve horrible.
Cuando me pasa eso, me quedo buscando patrones en las formas de la habitación. Colores. Texturas. Olores. Sonidos. Así vuelvo al mundo real.
Solo en el mundo real puedo comer la comida de mi mamá. Lo artificial no se deshace en mi boca. Me deja sabor a edulcorante y a plástico en la lengua y en la vista.
La realidad es que nosotros usamos lo que tenemos para hacer lo mejor que podemos. Aquí estoy, transformando mi vigilia en un texto para ustedes. Acaba de pasar una moto ruidosa. Hasta eso también usaré en mi escrito.
Vi que varios escritores fueron quemados por haber recibido un premio. Uno en Latinoamérica y otro en América del Norte. Ambas novelas, "bandiadas" del uso de IA, como decimos en nuestro pago. Se pasaron.
Veo lo humano en la que se mandaron: vieron la posibilidad y dijeron: "¿Por qué no? Mañana, si yo me mando, total". Bien haiga los mozitos cara 'i piedra, citando a mi padre.
Quizás sepan, quizás no, pero durante tres años estuve peleando contra la IA en el concurso de cuentos de La Bibliodera, que, con todo el orgullo del mundo, tengo que decir que tuve el placer de coordinar.
Junto con María Fontalba chequeamos más de 590 cuentos, viendo el nivel de uso de IA. Y sí, había un montón que eran más IA que persona. Con el tiempo, empezás a distinguir las estructuras de la inteligencia artificial y ciertos modismos que te separan y te hacen humano.
Esos símbolos que no usamos en nuestro día a día. Esas comas como respiración que le metemos pensando que va ahí... Y rogando que sea correcto.
Estos tres años batallando y hablando con la inteligencia artificial te hacen ver cómo se separa lo que es un escritor de una persona que necesita el reconocimiento de los suyos. Y que está dispuesta a hacer lo que sea por ser reconocida.
Seguramente son personas muy cultas y entienden todo. No andan escribiendo con gerundios como una ni regalando "s" a troche y moche.
Escribir es un proceso interesante. No les voy a mentir. Te enfrentas con vos mismo. Peleas. Entiendes tu fragilidad al no poder armar una oración coherente. Dudas.
Cuando mamá me ve en la compu o en el celu moviendo las cejas o apretando la quijada, son dos cosas: estoy escribiendo o está jugando Independiente. Porque estoy dudando y peleando conmigo misma.
Sé dudar, pero sé seguir y mantenerme.
El escritor tiene una fe ciega en que lo que está haciendo va a salir digno de entretener a alguien. No excelente. Sino digno. Un momento agradable hoy en día es un montón.
Ese momento de conexión con el infinito, con Dios, con la consciencia... Ese es un momento de creación que tienen los arquitectos, cocineros, químicos, jardineros, entre otros, cuando ponen su fe ciega en el proceso. Eso es lo maravilloso y lo que buscamos.
Porque no es el resultado lo que importa, es todo lo que te cambió mientras lo escribiste.
Empecé taciturna, con un grillo en el pelo, y me estoy yendo iluminada y eterna, enfurecida y tranquila, como en la canción.
Si me quedaba viendo videos infinitos, iba a terminar odiándome y todo lo que soy. Esto es así. Confiar en el proceso y no desanimarse, una letra tras otra. Un día después de otro.
Nos vemos, mis croniqueros, hasta la próxima.