El gorrión y el niño dormido El gorrión y el niño dormido
Los primero rayos del sol de aquella mañana
de invierno, luego de filtrarse por entre
las hojas de las plantas, fueron a depositarse
sobre su humanidad aparentemente
dormida. ¡Su cuerpecito de niño dormido...!
con las manos pretendía formar un
circulo, atrapando a su alrededor ese trozo
de vida que, para él, se reducía a esos cuantos
trapos que abrigaban su desnudez... a
algo que en una época quiso ser calzado para
sus pies, y que, con el paso del tiempo,
cansado de tanto andar, se dejó estar, y como
un pájaro que abre sus alas, como una
boca abierta en protesta, dejó escapar unos
dedos rosados y tiernos, que pugnaban por
escapar en búsqueda de la tan ansiada libertad..
Sus prietas manecitas atrapaban entre
sus dedos, unas monedas logradas vaya a
saberse cómo; un pedazo de pan, ya duro
por el frío, y sus ojos inocentes miraban fijos
un cielo del que había sentido comentarios,
acerca de una mansión con jardines,
de flores eternas y bellas, de mesas con
abundantes y exquisitos manjares, y al que
en tantas ocasiones había soñado conocer.
A su alrededor, la vida seguía su curso...
Las altas rejas de la catedral permanecían
cerradas, como celosos guardianes
que cuidan el ingreso no deseado a su interior.
Marcaban lo prohibido y lo permitido.
Un gorrión, tan inocente como ese niño
dormido, picoteaba las migajas que habían
caído a su alrededor y como jugueteando
con su picotear, parecía querer transmitirle
vida... esa vida que hacía rato, y en una
noche sin testigos, en una madrugada como
tantas otras, con la única compañía de
su soledad, de su inocencia, de su tristeza
sin fin, su orfandad que le golpeaba, cansadas
de tanto peregrinar, habían decidido,
ellas, como los demás, abandonarlo...
Y, a pesar de la frialdad que envolvía
a su pequeña, pero tan castigada humanidad
sus labios dejaban esbozar una
sonrisa tibia y feliz, como una plegaria
de gratitud, hacia ese Dios que le extendió
sus brazos para recogerlo...
La mañana crecía en tiempo. Los pájaros
en las copas de los arboles iniciaban
bulliciosamente un nuevo día.
En el interior del templo, un Cristo
desde su cruz, dejaba escapar una
lágrima.?







