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Acerca de la lectura en el tercer milenio

Más allá de una discusión que a prima facie se presenta como  “bizantina”, tengo la casi certeza de que, como sostengo al principio, la literatura está sumergida en la misma confusión por la que atraviesan otras actividades humanas.

- 04:30 Viceversa

Transitamos tiempos complejos. Se me ocurre que nadie puede poner en duda que los vertiginosos y turbulentos días que vivimos generan ansiedad e incertidumbre en casi todos los aspectos de la vida del hombre. La Literatura (como disciplina o como arte o si solamente la consideráramos, de manera arbitraria, como un simple elemento lúdico) no está ajena a esa confusión más o menos generalizada. Muchos de nosotros habremos escuchado o leído y quizás hasta participado de la polémica acerca de si la televisión o internet han relegado a la lectura como hábito en las nuevas generaciones. Es más, he llegado a leer artículos en los que pensadores reconocidos especulan con la desaparición del libro, al menos en su formato impreso en papel, en no muy largo plazo.
¿Cuál es el significado de la palabra leer? ¿Qué significa la palabra lectura? Responder a estas preguntas no es tarea sencilla. A partir de los conceptos de Roland Barthes se admite que, para que el círculo iniciado por el autor de un texto literario se cierre, es indispensable que el lector le adjudique un significado, pero debemos aceptar que siempre habrá una pluralidad de interpretaciones porque los lectores no pueden evitar la participación aleatoria de sus propios conocimientos (que son contingentes al texto y propios para cada individuo) con lo que cada escrito determina una lógica interpretativa diferente en cada persona que lee.
En mi modesta opinión, si nos atenemos al concepto que sostiene que para leer es indispensable tener un libro en las manos, probablemente los que sostienen dicha teoría están en lo cierto; ahora, si nos basamos en algunas de las diferentes definiciones de la palabra “leer” que pueden encontrarse (1. Pasar la vista por lo escrito o lo impreso comprendiendo la significación de los caracteres empleados; 2. Comprender el sentido de cualquier otro tipo de representación gráfica; 3. Entender o interpretar un texto de determinado modo; 4. Comprender o interpretar un signo o una percepción), dicho de otra manera, si entendemos que lectura y escritura son formas de comunicación social, que el acto de leer implica interactuar con un determinado texto para comprender su significado y aceptamos que no solamente los libros pueden leerse sino también un anuncio publicitario o un grafiti o cualquier otro texto, podemos concluir que también leemos en la pantalla de nuestra computadora; por tanto, si me atrevo a calcular cuántas personas “pasan su vista por diferentes textos, los interpretan y comprenden sus signos” cotidianamente a través de internet o en sus propios archivos virtuales, es creíble la postura que sostiene un incremento en la práctica de la lectura, aunque es imposible no aceptar que este crecimiento de la cantidad de “lectores” es absolutamente anárquico y no responde a ninguno de los cánones tradicionales de la “lectura”. Es un nuevo tipo de lectura.
De cualquier manera, más allá de una discusión que a prima facie se presenta como “bizantina”, tengo la casi certeza de que, como sostengo al principio, la literatura está sumergida en la misma confusión por la que atraviesan otras actividades humanas.
Probablemente los signos más importantes de estos tiempos son la velocidad (tal como expresa Italo Calvino en sus seis propuestas para el nuevo milenio), o la fractalidad, la brevedad, la fugacidad y la virtualidad de la literatura (según afirma Lauro Zavala, quien también habla de la “fragmentariedad paratáctica” de la escritura hipertextual propia de los medios electrónicos).
Es menester aceptar que actualmente la vida se mueve por los anchos caminos de la información y la necesidad de una comunicación rápida, concisa, inmediata, se ha convertido en algo urgente e impostergable; en algo que no admite otra forma que la hipertextual y virtual.

El hipertexto
He notado que muchos autores demonizan a internet por su interferencia en los mecanismos sociológicos de comunicación a los que estábamos habituados, como el caso de la lectura, pero es menester decir que, si bien los riesgos del abuso de la red son inconmensurables, la verdadera utilidad del sistema dependerá de la concepción de quienes la usan.
Es verdad que Internet es un arma peligrosa y un territorio que se presta a múltiples transgresiones. Su lenguaje dista mucho de ser el ideal de acuerdo a las tradicionales normas (el propio Calvino anticipa una “peste” del lenguaje, que se ha vuelto vago, impreciso y vacío de contenido, lo que, según sostiene, se debe a la pérdida de forma de la vida y a un extendido abandono de la espiritualidad) pero también es cierto que los medios en general y en particular los periódicos y sobre todo la televisión han variado la forma de expresarse, lo que indudablemente contribuye a una mayor confusión.
Internet nos ofrece una serie de textos que funcionan como si fuera un enorme texto fragmentado en lo que se llama hipertexto, y al que se accede por formas diferentes a la lectura convencional. En este inmenso hipertexto, el lector puede elegir o descartar a voluntad aquellos fragmentos que no le interesan, lo que deviene en múltiples lecturas que llevarán a una inevitable fragmentación de las historias. Es, salvando las distancias, como si alguien que tiene un libro en sus manos encuentra en el camino textos que le aburren o no le agradan y que con el simple acto de cambiar su señalador de posición pudiese evitarlos.
Adelaide Bianchini, en su artículo “Conceptos y definiciones de hipertexto”, sostiene que “a diferencia de los libros impresos, en los cuales la lectura se realiza en forma secuencial desde el principio hasta el final, en un ambiente hipermedial la ‘lectura’ puede realizarse en forma no lineal, y los usuarios no están obligados a seguir una secuencia establecida, sino que pueden moverse a través de la información y hojear intuitivamente los contenidos por asociación, siguiendo sus intereses en búsqueda de un término o concepto”.
Pero más allá de esto, me gustaría llamar la atención sobre la posibilidad que nos brinda internet de acceder a la lectura de libros como la Biblia, el Corán, los clásicos y, para no aburrir con mi lista, de autores contemporáneos de renombre que, muchas veces, por diferentes motivos, como por ejemplo los mandatos de la industria editorial, son inaccesibles para el hombre común; tampoco podemos ignorar la posibilidad que tienen muchos escritores de colgar sus trabajos en la red esquivando los numerosos inconvenientes de editar en papel (ya decía Eugenio Montale que los editores muchas veces eligen aquello que más posibilidad tiene de vender en lugar de elegir los trabajos mejores y más valiosos, lo que impide a muchos poder hacer conocer sus textos). Se me ocurre que esto no es tan malo.

Des-demonización
No desconozco los riesgos que encierra la red, pero quisiera dejar instalados los interrogantes que por ahora, para mí al menos, deberíamos aspirar a resolver. ¿Es internet la responsable de todos los males sociales? ¿No habrá también mucho de “pereza” intelectual para generar que, de alguna manera, el hombre pueda volver nuevamente su mirada hacia su propia esencia y descubrir la riqueza de su vida interior? ¿No habrá llegado el momento de que la sociedad en su conjunto y la familia en particular intenten una mirada diferente y más amplia sobre el fenómeno de internet y que, tal como sostienen múltiples autores, sea en el hogar donde se ejerza un control estricto sobre el contenido al que acceden sus integrantes? Por último, ¿no sería más coherente tratar de aprovechar el fenómeno internet, de volcarlo a favor de una recomposición social y buscar un entorno menos denso y más agradable para todos?

Antonio “Toño” Cruz, poeta santiagueño
(Extracto del trabajo “El microrrelato. Un género en expansión”, leído en la Feria del Libro de Villa María, Córdoba, el 11 de junio de 2008). Publicado en la revista digital Letralia.

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