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El gran golpe: la expulsión de los jesuitas

- 19:52 Viceversa

Es significativo que dentro de nuestra historiografía, dentro del relato histórico no se tome la dimensión colosal del acto violencia estatal sobre la sociedad civil que significó la expulsión de la Compañía. De aquí en más, la historia política se iba a sembrar de una escalada de actos de fuerza, desde el levantamiento indígena de Tupac Amaru y su explosión por toda las tribus en la Cordillera de los Andes (incluidas las tribus amazónicas del Chaco, que iban a causar un enorme revuelo en la administración política y militar del Norte Argentino), hasta la Revolución de Charcas en 1809. Este punto sin retorno tiene en Santiago un lugar privilegiado. Nada será igual para los santiagueños de la época.

Nacimiento de Juan Francisco Borges

El 24 de junio de 1766, en la ciudad de Santiago de Estero, nacía Juan Francisco Borges. Hijo del portugués, Capitán de las Milicias Voluntarias y comerciante Manuel Pedro Borges, arribado a Santiago del Estero en la décadas de 1740 en el marco de la implementación de las Reformas borbónicas, y de María Josefa Urrejola Izarza, hija del Alcalde de 2º Voto del Cabildo santiagueño y Alcalde de la Santa Hermanad Don Gerónimo de Peñaloza. María Josefa tenía tres hermanas y ocho hermanos, los dos varones mayores ingresados en el Convento Jesuítico de Córdoba, en formación. El origen de la familia Borges es portugués y a él mismo se lo conocía en Santiago con ese apodo. Las primeras informaciones disponibles sobre sus orígenes nos las aporta Alfredo Gargaro, quien los asocia a Don Gonzalo Borgés, Señor de Caravalles y Verdemillo, de origen portugués y Doña Isabel de Silva, linaje de origen gallego de los más antiguos e importantes de España. Luego los Borges migran hacia las Canarias de donde, presumimos, es originaria la familia de Manuel Pedro. Todo indicaría que su integración a la elite santiagueña se realizó sin ningún problema. Así lo reconoce el Cabildo cuando en 1765 fue propuesto para desempeñarse como Procurador General de la ciudad, afirmando que era una “persona de buenos procedimientos” a pesar de su origen lusitano, que estaba instalado en Santiago desde hace más de 20 años y concurría a la institución periódicamente por cuestiones militares o relativas al comercio, y estaba casado con la hija de una de las mejores familias de la ciudad. El matrimonio Borges Urrejola tuvo dos hijos Juan Francisco Borges Urrejola, nacido en Santiago del Estero en 1766 y † el 1 de enero de 1817 en Santo Domingo, fusilado, casado con Clara de Medina y Montalvo, formaron la familia Borges Medina. Fueron los padres de Juan Francisco Borges Medina, nacido el 1 de junio de 1816 y † el 17 de septiembre de 1897, gobernador del liberalismo santiagueño decimonónico casado con Isabel Palacio. Una segunda hija del matrimonio fue Francisca Borges Urrejola, nacida en 1771 y † el 1 de febrero de 1828, casada con Don José Domingo de Iramain Santillán formó la familia Iramain Borges. Tuvieron cuatro hijos: Gregorio Iramain Borges, nacido en 1784 y † en 1859 en Buenos Aires, era militar y se casó en Buenos Aires con Toribia Lorenzo sin descendencia. Jacoba Iramain Borges † el 29 de diciembre de 1859 en Buenos Aires, se casó en 1790 con José Blas de Achával Castellanos formando la familia Achával Iramain, tuvieron quince hijos. Ángela Iramain Borges nacida en 1801 se casó en Tucumán con Gregorio Paz Pereyra Mariño. José Domingo Iramain Borges contrajo matrimonio con María del Jesús Maldonado formando la familia Iramain Maldonado. Tuvieron dos hijas, Amalia y Mercedes Iramain Maldonado, Amalia se casó el 13 de julio de 1853 con Victorio Hernández Ibarra tuvieron un hijo Emiliano Hernández Iramain y Mercedes Iramain Maldonado se casó con Pastor Gorostiaga Taboada. Juan Francisco Borges: primeros tiempos Pero volvamos a la historia de los primeros tiempos de Juan Francisco. Como se sabe tan poco de sus primeros años, las contradicciones o suposiciones se van sumando. Así Garmendia (1910:36) afirma que el niño comenzó a acompañar a su padre en sus viajes comerciales que hacía regularmente al Alto Perú “donde fue puesto bajo la dirección de un preceptor competente y de confianza. Bajo la fórmula de sus maestros, fue iniciado en las materias que en aquella época constituían los estudias clásicos…”. Gargaro (1953:8) por su parte sólo indica que Juan Francisco secundaba a su padre en aquellos viajes. Sea como fuere, lo cierto es que la instrucción que alcanzó Juan Francisco fue bastante limitada y entendemos que se debió a las interrupciones de los viajes, al menos que el niño haya quedado en el Alto Perú, cuestión que por el momento desconocemos y que nos parece bastante improbable. El “Motín de Esquilache” Recordemos que cuando Manuel Pedro Borges llegó a Santiago lo hizo como agente de las Reformas Borbónicas. Para 1766 había ascendido al trono español el rey Carlos III y fue en ese año, durante su reinado, cuando se produjo el citado motín. Básicamente fue la consecuencia del creciente descontento en Madrid a causa de la suba de los precios del pan y de otros productos de primera necesidad, y el detonante para que estallara el conflicto fueron las medidas relativas a ciertas prendas de vestir promulgadas por Leopoldo de Gregorio, Marqués de Esquilache, un napolitano favorecido por Carlos III. Lo que pretendía Esquilache era sustituir las capas largas y los sombreros de ala ancha usados por los madrileños por capas cortas y sombreros de tres picos, en un intento de europeizar y modernizar España. Alegaba que las capas largas facilitaban el ocultamiento de las armas y los grandes sombreros eran una salvaguardia para los delincuentes, porque podían ocultar el rostro. Concebidas como una medida de seguridad pública, estas disposiciones en un principio no llamaron mucho la atención de la población, preocupada como estaba por otros problemas más acuciantes, como el aumento de los precios del pan, el aceite, el carbón y la carne seca, causado en parte por la liberalización del comercio del grano. Además, en un primer momento, las medidas relativas a la vestimenta sólo se aplicaron a la Casa Real y a su personal. Bajo amenaza de arresto, los funcionarios reales acataron la orden masivamente y sin protestar. Posteriormente, Esquilache la hizo extensiva a la población general pese a ser advertido por el Consejo de Castilla de que la prohibición de las capas y los sombreros causaría el descontento general entre la población. Esquilache siguió adelante con las medidas y el 10 de marzo de 1766 aparecieron en Madrid carteles prohibiendo el uso de estas prendas. La reacción popular fue inmediata: los carteles fueron arrancados de las paredes y las autoridades locales sufrieron ataques por parte de la población. El domingo de Ramos, en torno a las 4 de la tarde, dos ciudadanos vestidos con las prendas prohibidas cruzaron provocativamente la plazuela de Antón Martín. Varios soldados les dieron el alto y les pidieron explicaciones. Fueron intercambiados varios insultos y los soldados trataron de detenerlos, cuando uno de los hombres sacó una espada y lanzó un silbido. Entonces apareció un grupo numeroso de gente armada y los soldados se vieron obligados a huir. El 24 de marzo la situación empeoró. Los amotinados, muy robustecidos en número y en confianza, marcharon hasta la residencia real, defendida por soldados españoles y por los odiados valones. Las tropas dispararon y mataron a una mujer, lo que hizo aumentar el número de manifestantes. Un sacerdote se erigió en representante de los manifestantes y logró abrirse camino hasta Carlos III y presentarle las peticiones. El discurso del cura fue tajante: o se satisfacían las demandas, o el palacio del rey quedaría reducido a escombros en menos de dos horas. Las demandas eran: 1. Esquilache y toda su familia debían abandonar España. 2. El gobierno español debía ser ocupado por ministros españoles. 3. Disolución de la Guardia Valona. 4. Reducción del precio de los productos básicos. 5. Desaparición de la Junta de Abastos. 6. Los soldados debían retirarse a sus cuarteles 7. Debía permitirse el uso de la capa larga y del sombrero de ala ancha. 8. Su Majestad debía salir a la vista de todos para que puedan escuchar por boca suya la palabra de cumplir y satisfacer las peticiones. El rey se sentía inclinado a aceptar las peticiones a pesar de que varios de sus ministros se lo desaconsejaban. Se asomó al balcón del palacio y las aceptó. Esto calmó a la población, pero el rey, temiendo por su seguridad, cometió el error de huir a Aranjuez acompañado de toda su familia y de sus ministros. Esto despertó las iras de la población, que creyó que el rey había aceptado las demandas para calmarlos y posteriormente huir. Unas 30.000 personas se dedicaron entonces a saquear almacenes y cuarteles y a liberar a los presos. El rey entonces envió una carta donde se comprometía a satisfacer todas las demandas y la población se tranquilizó de nuevo. Esquilache fue destituido y enviado a Italia. Antes de partir dejó escrito: “yo he limpiado Madrid, le he empedrado, he hecho paseos y otras obras... que merecería que me hiciesen una estatua, y en lugar de esto me ha tratado tan indignamente”. Curiosamente fue el conde de Aranda, que quedó a cargo del gobierno mientras el rey estaba en Aranjuez, quien convenció al pueblo de Madrid de cambiar las capas y los sombreros de la discordia por capas cortas y tricornios tal y como pretendía el marqués de Esquilache.

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