El Evangelio EL EVANGELIO DEL DOMINGO

Vengan a mí todos los que sufren, yo los aliviaré - Mateo 11, 25-30

PBRO. MARIO RAMÓN TENTI

09/07/2017 - Jesús da gracias al Padre porque ha revelado los misterios del Reino a los pequeños y los ha ocultado a los sabios. Los sabios representan a diversos grupos: los maestros de sabiduría de Israel, los “discípulos de la sabiduría”, los seguidores de grupos apocalípticos, los miembros de sectas (ejemplo Qumrán) y sobre todo los “letrados”. Es decir, se trata de la aristocracia religiosa de Israel. Paradójicamente, el Padre ha revelado el Reino a los pequeños: a los pobres, los excluidos de la sociedad judía: campesinos, mujeres, galileos, que para la consideración general tenía limitado el acceso a Dios porque no “conocían” la Torá y las tradiciones rabínicas. A ellos, el Padre les revela el Reino que se hace presente en el actuar poderoso de Jesús, el Hijo. Y el Hijo da a conocer a su Padre por toda su actividad. Al inaugurar en la tierra el Reino de su Padre, cada uno de los gestos de autoridad hacia los hombres (enfermos, pecadores o fariseos endurecidos) revela la voluntad y el designio de Dios para la humanidad entera. Rechazado por las ciudades y por la oligarquía judía, Jesús se vuelve hacia los pobres, hacia los marginados por un sistema religioso basado en la práctica vacía de preceptos legales. Una religión sin espíritu, que se había olvidado de los “huérfanos y las viudas”, una religión vacía de justicia, misericordia y amor. A éstos pobres, Jesús llama a seguirlo y les ofrece la “gratuidad” de la salvación, porque él es manso y humilde de corazón. Jesús los vincula a su persona y a la alegría que el Reino trae a la humanidad. Jesús dará alivio a los que cargan con el yugo de un legalismo religioso, de una moral que es exigida sin haber anunciado la alegría de la salvación. Los que siguen a Jesús, se hacen sus discípulos, encontrarán en él, alivio, descanso a sus penas. Serán los bienaventurados, los que ya desde ahora gozan de las alegrías del Reino. Conclusión La lógica de Dios pone en entredicho las costumbres de los hombres. No son los sabios los destinatarios privilegiados del Reino, sino los pobres, los excluidos. A ellos llama Jesús a seguirlo y desde ellos y en solidaridad con ellos al resto de los hombres. El Reino que inaugura Jesús con toda su actividad (palabras y signos, muerte y resurrección) invierte la lógica humana que pretende construir un mundo desde el poder, desde la sabiduría de los poderosos. Ahora, son los pobres a quiénes el Padre revela su salvación, y a quiénes el Hijo invita a que lo sigan. Este llamado nace de la gratuidad de Dios que promueve la vida humana en todas sus manifestaciones, y quiere que sus hijos vivan en dignidad. Esta es la lógica de Dios, la lógica del amor hecho servicio que se revela en el misterio de Jesús. Los legalismos y las religiones evasivas, ahora dejan de tener vigencia. En Jesús el Reino es gratuidad y amor que se expresa en la solidaridad con los pequeños de la tierra. El Reino trae una nueva humanidad y un nuevo modo de vivir nuestra relación con Dios.

 
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