El Evangelio EL EVANGELIO DEL DOMINGO - Pbro. Mario Ramón Tenti

¡Éste es mi Hijo, escúchenlo!

Mt 17, 1-9: La Transfiguración de Jesús

06/08/2017 -

Jesús toma a Pedro, Santiago y Juan y los lleva a una montaña alta. Allí se transfigura, su rostro resplandece como el sol y sus vestidos se vuelven blancos como la luz. Les muestra a sus discípulos la gloria de Dios, que no se alcanza a través del poder, sino de la entrega en la Cruz.

Junto a Jesús y conversando con él, aparecen Moisés y Elías, tal vez como representantes de la ley y los profetas. Ambos subordinados y orientados a Él.

Pedro, desorientado ante esta manifestación, quiere hacer tres chozas para ellos expresando la comodidad que experimenta en ese estado de gloria. Pero el Padre, desde el cielo, lo hace callar y lo invita junto a los otros discípulos a escuchar a Jesús: ¡éste es mi Hijo, escúchenlo!

Dios los invita a escuchar a Jesús, a seguirlo en su andadura del Reino, al cual sólo es posible acceder en la entrega de la propia vida. La gloria de Dios sólo se experimenta en el amor, hecho servicio solidario con los desposeídos de la tierra.

Los discípulos se cayeron de temor ante la voz de Dios, y Jesús acercándose y tocándolos, les dijo:”levántense, no teman. No tengan miedo de seguirme, de escucharme, no teman amar y servir, porque sólo así podrán entrar en el Reino.

Hoy más que nunca se hace imprescindible escuchar a Jesús. Como nunca antes el ser humano tiene acceso a tanta información, puede comunicarse en un instante con cualquier persona en cualquier lugar del mundo, y sin embargo jamás se ha sentido tan solo, tan desarraigado de sí mismo, lejos de su interioridad, sin conocerse a sí mismo, sin poder ejercitar su libertad con sentido. Sin rumbo y deshumanizado camina por la vida sin lograr ser feliz.

Volver a Jesús, escuchar sus palabras de vida, dejarse cautivar por su amor, dejar que nos transforme y humanice, seguirlo hasta la Cruz, hasta dar la vida. Si lo escuchamos y nos hacemos sus discípulos, venceremos nuestros miedos, podremos asumir nuestras debilidades y nos dejaremos conducir hacia las fuentes de la vida, donde podremos beber del agua del Espíritu que colma nuestra sed, que nos renueva y nos recrea en el amor y para el amor.

El miedo nos hace instalar en la comodidad, le tememos al cambio, nos cerramos a lo nuevo. Si escuchamos a Jesús este temor desaparece y nos impulsa a vivir del soplo del Espíritu, que crea una nueva humanidad, un nuevo mundo, una nueva sociedad. La gloria de Dios está en que su Reino se haga presente en la historia, que los seres humanos, sus hijos, sean dignificados y que toda la creación sea plenificada en la manifestación amorosa de Jesús. Sólo es posible vivir como resucitados si amamos, servimos, damos la vida por el Reino. No debemos temer al amor y al servicio; apasionados por Jesús, por su causa, nos desgastamos sirviendo a los desheredados de la tierra, como Jesús, que vino a servir y no a ser servido.

Conclusión

La Iglesia a lo largo de su historia muchas veces se ha visto seducida por el poder, se ha instalado y acomodado autorreferencialmente al mundo, y así, se ha alejado de la escucha de Jesús, ha olvidado el misterio de la Cruz y se ha paralizado de temor, dejando de anunciar la buena noticia del Reino.

Es hora de volver a escuchar a Jesús, de comprender que sólo amando y sirviendo podemos ser la comunidad del Cristo Resucitado, que sólo solidarizándonos con los últimos y descartados de la sociedad podremos hacer creíble el mensaje de la fe. Sin Cruz no hay resurrección, sin amor y servicio no hay Iglesia.

 
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