Al Presidente le preocupa la violencia

Por Pablo Sirvén

28/08/2017 -

Hay dos cosas que le preocupan al Presidente: su rodilla derecha, todavía en incómoda recuperación, tras las nueve calcificaciones que le encontraron en su última operación hace unos días, y la sucesión, en las últimas semanas, de graves episodios de violencia, aparentemente inconexos, pero que suman para el mismo lado: provocar situaciones de incertidumbre y malestar.

Hasta ahora, los servicios de Inteligencia no han logrado vertebrar hipótesis concretas y esto desvela al mandatario, que está convencido de que va a ser más fácil arreglar la economía que las muchas anomalías institucionales que aún perduran. Macri también se pregunta dónde está Santiago Maldonado. Pero todavía nadie le ha acercado ninguna respuesta consistente.

Desde la bomba en Indra a la agresión al Ministerio de Seguridad, en La Plata, con la explosión de bidones que dañaron unos autos allí estacionados, pasando por el extraño episodio registrado frente a los tribunales de Lomas de Zamora, donde dejaron abandonado un auto con un paquete sospechoso, que la Brigada de Explosivos hizo detonar, la mera acumulación de esos hechos huele muy mal. Hay que sumar a la lista, los ataques mapuches a una línea eléctrica y a una estación de La Trochita. Volvieron las bombas molotov de los 70, destrozaron la Casa de Chubut en Buenos Aires, rompieron una ventana de la oficina del jefe de Gabinete bonaerense, Federico Salvai. Son noticias de primera plana que instalan cierto clima oscuro de inquietud y hostilidad.

Al enigma del paradero del artesano y trotamundos Santiago Maldonado, del que no se tiene noticias tras un procedimiento de la Gendarmería contra una protesta mapuche el 1° de agosto en Chubut se sumó la extraña desaparición del suboficial mayor retirado de la policía bonaerense, Oscar Alvarenga, colaborador del ministro de Seguridad provincial, Cristian Ritondo.

En el primer caso hay, además, un peculiar y persistente manijeo político, fogoneado desde sectores afines al kirchnerismo, que intenta endilgarle al Gobierno intenciones maquiavélicas en un modus operandi similar al que utilizó la dictadura militar para la desaparición sistemática de personas.

Es muy saludable, desde luego, que en la Argentina se reaccione fuerte cuando alguien desaparece, pero en las redes sociales hay un persistente tufillo grotesco de demonización del Gobierno que termina por banalizar la causa. “Tuve la sensación de que el encuentro con los organismos de derechos humanos estaba guionado”, dijo el ministro de Justicia, Germán Garavano, tras la reunión que terminó sin acuerdo y en un clima de tensión.

Tal vez algo de lo que viene sucediendo tenga que ver con el hondo mal humor post Paso que dejó al kirchnerismo de pésimo talante por su magra cosecha electoral, por más que Cristina Kirchner logre finalmente imponerse por unos pocos miles de votos a Esteban Bullrich.

Mauricio Macri, acostumbrado a soportar durante ocho largos años, cuando era jefe del gobierno porteño, la lluvia ácida que derramaba sobre él diariamente el kirchnerismo desde lo más alto del poder, suele comparar esa letanía con el picoteo sin pausa del pájaro carpintero. A pesar de esa prédica constante en su contra, su fuerza no deja de cosechar más y más votos en cada nueva elección. Sólo lo fastidiaba en cierta época que el bullying K lo caracterizara como un vago y que la revista Noticias se hiciera eco de eso en una tapa. Los que lo conocen de cerca aseguran que nunca en la vida se tomó más de tres semanas seguidas de vacaciones. Marcos Peña debió desanimarlo cuando quiso salir a defenderse públicamente de ese mote porque no salía en ningún sondeo que ese tema inquietara a la gente común. El budismo le enseñó a Macri a dejar pasar esas agresiones. Mal no le fue.

Las polémicas declaraciones del humorista Diego Capusotto, el llamado a las armas y a la guerra civil en un par de afiebrados tuits de Manuel Quieto, la voz cantante de La Mancha de Rolando e íntimo amigo de Amado Boudou dan una idea de que las huestes de la ex presidenta han entrado en una nueva fase de resistencia. Empiezan a darse cuenta de que muy probablemente, Mauricio Macri no sólo romperá el hechizo de que un presidente no peronista no pueda terminar su mandato desde 1928. Los vuelve decididamente locos que el Gobierno ya no hable como meta suficiente llegar a 2019 sino que extienda su mirada a los próximos veinte años, algo que vienen repitiendo en los últimos días Macri, María Eugenia Vidal y el ministro Nicolás Dujovne.

“Quédense tranquilos: no me voy a contaminar de kirchnerismo”, suele insistir en sobremesas informales en Olivos cuando presiente que no pocos empiezan a encender las alarmas por temor a que Cambiemos se quiera perpetuar en el poder. “Trabajo -se explaya en esas ocasionales confidencias- para que los hombres no seamos imprescindibles. Tengo claro ese norte. Hoy depende de un grupito, pero sé que soy nada más que el primer paso en esa dirección. Necesitamos que se sucedan cuatro o cinco gobiernos haciendo lo mismo, como ocurre en Chile”.

¿Hay un “SuperMacri” tras las Paso? Claramente se lo percibe fortalecido por los resultados electorales. Impresionó que respondiera con tal firmeza y rapidez a la marcha de la CGT desplazando a dos funcionarios amigos de los gremialistas.

Macri quiere librar nuevas batallas culturales. La principal, supone, será cambiar el “chip” de la resignación que el peronismo incorporó en los habitantes desamparados del conurbano, empoderándolos con servicios y obras. El flujo de votos hacia Cambiemos ya comenzó, pero aún falta mucho. l


 
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