El Evangelio EL EVANGELIO DEL DOMINGO - Pbro. Mario Ramón Tenti

Dios es pura bondad

Mateo 19,30-20,16

24/09/2017 -

La parábola de “la bondad del dueño de la viña” hace referencia al conflicto de Jesús con los fariseos. Estos no pueden aceptar que Jesús se acerque a quienes ellos consideraban pecadores y que les abra las puertas del Reino. De igual manera muestra la situación de aquellos que no aceptan el ingreso de los paganos a la comunidad cristiana en tiempos en que se escribe el evangelio. Se trata de algunos miembros de la Iglesia de Mateo que atados a las tradiciones judías piensan que tienen prioridad respecto de los paganos y se resisten a integrarlos a la comunidad.

De manera gráfica nos muestra el amor soberano de Dios. Amor que es don gratuito que ofrece por Jesucristo a los últimos que llegan a su Reino. Dios es justo, pero su amor trasciende la justicia desde la liberalidad soberana: porque es el “dueño de la viña” y tiene una gran riqueza, puede dar de lo suyo aun a los que nadie “contrata”, a los últimos, en este caso a los pecadores que en tiempos de Jesús estaban abandonados por los fariseos y esenios.

El amor de Dios derramado en Jesucristo cuestiona y trastoca el orden establecido: los que se creían primeros, los que pretendían tener privilegios son ahora los últimos, y éstos, despreciados por los que se creían “puros”, son los primeros en entrar en el Reino.

En tiempos de Jesús y en el contexto socio religioso de su pueblo ser considerado “pecador” no tenía sólo una connotación moral, sino que se proyectaba al plano social y racial: pecador era sinónimo de pobre y pagano (no perteneciente al pueblo de Israel). Esto significa, que Jesús no sólo les abre las puertas del Reino para que gocen de sus dones sino que también los dignifica como personas y los incluye a la sociedad.

La instauración del Reino supone una transformación radical de todas las relaciones del hombre: con Dios, con los demás y con el mundo. Por eso los últimos son los primeros y los primeros los últimos.

Conclusión

La entrada al Reino supone la gratuidad de Dios, nadie entra por mérito propio, sino por pura iniciativa de la misericordia de Dios que invierte los términos de acceso: los últimos serán los primeros. Que los pecadores y los últimos de la sociedad entren al Reino debería ser motivo de alegría para todos los que entraron con anterioridad, tendrían que alegrarse de que Dios los haga miembros de su pueblo y no “murmurar” porque los iguale a ellos. También hoy, hay muchos que piensan como los fariseos, se creen superiores y con méritos para entrar al Reino y ser parte de la Iglesia. Dios es generoso, sale al encuentro de los pecadores, de los que la sociedad margina y les ofrece su amor. Para Dios, estos que son considerados últimos, ahora son los primeros. Así es Dios de bueno, su amor es ilimitado.

No siempre la Iglesia ha sabido valorar la riqueza de la religiosidad del pueblo pobre y humillado. A veces, sus expresiones religiosas y manifestaciones de fe han sido minusvaloradas, sin embargo, estas personas conforman el “resto” eclesial, son los que ayudarán a la Iglesia a mantener encendida la luz de la fe, y la renovarán para que cada día se parezca más a la Iglesia que anheló Jesús.

 
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