Evangelio según San Lucas 9,7-9.

28/09/2017 - El tetrarca Herodes se enteró de todo lo que pasaba, y estaba muy desconcertado porque algunos decían: “Es Juan, que ha resucitado”. Otros decían: “Es Elías, que se ha aparecido”, y otros: “Es uno de los antiguos profetas que ha resucitado”. Pero Herodes decía: “A Juan lo hice decapitar. Entonces, ¿quién es éste del que oigo decir semejantes cosas?”. Y trataba de verlo. Comentario El Señor no es visto en este mundo más que cuando él quiere. ¿Qué tiene ello de sorprendente? En la resurrección misma no se concedió ver a Dios más que a aquellos que tenían puro el corazón. Cuántos bienaventurados había ya enumerado y, sin embargo no les había prometido esta posibilidad de ver a Dios. Si los que tienen limpio el corazón verán a Dios, indudablemente que los demás no lo verán; el que no ha querido ver a Dios, no lo verá. Porque no es en un lugar determinado donde se ve a Dios, sino en el corazón limpio. No son los ojos del cuerpo los que buscan a Dios; no se deja él abarcar con la mirada, ni poderlo coger al tocarlo, ni oído en la conversación, ni reconocido en su andar. Por otra parte, los mismos apóstoles no todos veían a Cristo; por eso les dijo: “Tanto tiempo que estoy con vosotros ¿y todavía no me conoces?”. En efecto, cualquiera que ha conocido: “cual es lo ancho, lo largo, lo alto y lo profundo -el amor de Cristo que sobrepasa a todo conocimiento” éste ha visto a Cristo, ha visto al Padre. Porque los demás no es según la carne que conocemos a Cristo, sino según el Espíritu: “El Espíritu que está frente a nosotros, es el Ungido del Señor, el Cristo”. ¡Que en su misericordia se digne llenarnos de la plenitud de Dios, para que podamos verle!

 
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