Evangelio según San Lucas 9,43-45.

30/09/2017 -

Mientras todos se admiraban por las cosas que hacía, Jesús dijo a sus discípulos:

‘Escuchen bien esto que les digo: El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres’.

Pero ellos no entendían estas palabras: su sentido les estaba velado de manera que no podían comprenderlas, y temían interrogar a Jesús acerca de esto.

Comentario

Dice el evangelista que Jesús les dijo a sus discípulos: “Meteos esto bien en la cabeza.” Debe ser que sabía que tenían la cabeza dura. O que, simplemente, a veces hay cosas que no nos gusta oír y que, por tanto, no oímos. Los discípulos, acaudillados por Pedro, han tomado conciencia de que Jesús es el Mesías, el enviado de Dios para liberar al pueblo de Israel de la opresión y la injusticia.

Eso lo sabe Jesús. Como buen catequista y pedagogo, sabe que los discípulos han dado un paso al frente. Ahora saben que él es el Mesías. Pero no tienen ni idea de qué tipo de Mesías es Jesús. Más bien tienen muy claro cómo les gustaría a ellos que Jesús fuese Mesías.

Se imaginan a Jesús en triunfo, entrando en Jerusalén después de haber barrido la ciudad y toda Palestina de los romanos invasores y de haber quitado de en medio a todos aquellos judíos que se aprovechaban de sus hermanos, que los oprimían tanto o más que los romanos y que colaboraban con ellos. Se imaginaban a ellos mismos cabalgando al lado de Jesús, compartiendo el triunfo. Con Jesús se acabó la miseria.

Por eso sabía Jesús que les iba a costar comprender su peculiar manera de ser Mesías: estando cerca de los pobres y sencillos, siendo testigo del amor de Dios para los marginados y excluidos y encontrándose con los poderosos sin armas, renunciando a toda violencia. Asumiendo que al final las fuerzas del mal podrían ganar la batalla (¡pero no la guerra!). Por eso les dijo “meteos bien esto en la cabeza: al Hijo del hombre lo van a entregar en manos de los hombres.”

Como es natural, los discípulos no entendían. Tampoco querían entender algo que estaba tan lejos de sus expectativas. Sentían que lo que decía Jesús era verdad, pero les daba miedo asumir esa verdad. A ellos, como tantas veces a nosotros, les costaba entender que la resurrección pasa por la muerte y que no puede ser de otra manera.

 
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