Evangelio según San Mateo 18,1-5.10.

03/10/2017 - En aquel momento, los discípulos se acercaron a Jesús para preguntarle: “¿Quién es el más grande en el Reino de los Cielos?”. Jesús llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo: “Les aseguro que si ustedes no cambian o no se hacen como niños, no entrarán en el Reino de los Cielos. Por lo tanto, el que se haga pequeño como este niño, será el más grande en el Reino de los Cielos. El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí mismo. Cuídense de despreciar a cualquiera de estos pequeños, porque les aseguro que sus ángeles en el cielo están constantemente en presencia de mi Padre celestial”. Comentario Los ángeles descienden a los que tiene que salvar. “Los ángeles subían y bajaban sobre el Hijo del hombre” (Jn 1,15); y “se le acercaban y le ser vían” (Mt 4,11). Ahora bien, los ángeles descendían porque Cristo había descendido el primero; temían descender antes de que se lo ordenara el Señor de la fuerzas celestes y de todas las cosas (Col 1,16). Pero cuando han visto al Príncipe de los ejércitos celestiales permanecer sobre la tierra, entonces, a través de este camino abierto por Él, han seguido a su Señor, obedientes a la voluntad de aquel que los puso como guardianes de todos los que creen en su nombre. Tú mismo, ayer, estabas bajo la dependencia del demonio, hoy, estás bajo la de un ángel. “Estad atentos, dice el Señor, para no menospreciar a ninguno de estos pequeños” que están en la Iglesia, “porque, en verdad os lo digo, sus propios ángeles ven constantemente el rostro de mi Padre que está en los cielos”. Los ángeles están consagrados a tu salvación, y se dedican al servicio del Hijo de Dios y dicen entre ellos : “Si Él ha descendido tomando un cuerpo, si se ha revestido de una carne mortal, si ha soportado la cruz, si ha muerto por todos los hombres ¿por qué descansar, por qué ahorrarnos trabajo? ¡Vayamos, ángeles todos, descendamos del cielo!” Por eso cuando Cristo nació había “una multitud de los ejércitos celestiales alabando y glorificando a Dios” (Lc 2,13).

 
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