El Reino de Dios ofrecido a los últimos

Mateo 21, 33-46.

08/10/2017 -

L a Parábola pone en evidencia el creciente conflicto entre Jesús y los jefes del pueblo. En esta historia alegórica, cada uno de los elementos (las personas, cosas y sucesos) tiene un significado simbólico: el propietario de la viña es Dios, la viña es el pueblo de Israel, los viñadores son el pueblo de Israel y sus líderes religiosos, los siervos son los profetas, el hijo es Jesús, los otros viñadores representan a los que reciben al Hijo, en especial, los pobres. En el contexto del conflicto entre Jesús y las autoridades del pueblo, Mateo les dirige a éstos últimos la parábola: “Escuchen otra parábola”. El propietario (Dios) planta una viña (pueblo de Israel) y luego de cuidarla (la cercó, cavó un lagar, etc.) lo que muestra su gran amor por ella, la entrega a los viñadores que tendrán la responsabilidad de cultivarla y de enviarle los frutos recolectados. Cuando llegó el tiempo de la vendimia envió a sus servidores, los profetas, para recibir los frutos, pero estos fueron golpeados y muertos. Entonces, el propietario, envió a su Hijo pensando que lo “respetarían”. Los viñadores lo reconocen como “el heredero” y arrojándolo fuera de la viña, lo matan. (Jesús muere fuera de Jerusalén en manos de los jefes del pueblo) Entonces, el propietario confiará a otros su viña para que le entreguen los frutos a su tiempo. Sin lugar a dudas, estos otros, son aquellos que reciban a Jesús, los discípulos, en especial los pobres, que formarán el nuevo pueblo de Dios. Lejos de poner el acento sobre los “viñadores homicidas” que representan al pueblo de Israel, especialmente a sus jefes, lo central de la parábola es mostrar como Dios no abandona a su pueblo a pesar de su rechazo e infidelidad. Dios se mantiene fiel a la alianza y a su promesa, sigue construyendo la historia de salvación otorgándoles a otros el cuidado de su viña, a otros a quiénes se les pide, al igual que los primeros, que sean responsables y que produzcan “frutos”. El envío del Hijo, coloca a la humanidad frente a una instancia decisiva, de juicio, es necesario recibirlo y arrepentirse para entrar en su Reino. Lo que quiere Dios es que la humanidad se salve, que su Reino ya presente en la historia se plenifique. Por eso, ofrece su viña a otros, a los que aceptan el desafío de hacerse discípulos de Jesús, son ellos, los pobres, los “últimos” los que harán fructificar la viña.

Conclusión

Hoy, al igual que ayer, son los pobres, en su inmensa acercan a Dios, necesitados de su ternura, de su infinita misericordia, muchas veces desilusionados porque se los excluye y abandona privándolos de los bienes de la vida. Muchos de ellos, enfermos, sin vivienda, sin pan en la mesa, pero abiertos al misterio del amor de Dios, caminando con sus llagas al sol, confiando en la fidelidad de Dios, el Padre bueno que nunca los abandona. Ellos son los herederos de la promesa, ellos los privilegiados del amor de Dios y de los discípulos de Jesús. En ellos el Padre deposita su bendición y gracias a ellos se renueva la fe en el mundo. ¡Bienaventurados los pobres, porque de ellos es el Reino de los cielos.

 
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