Como una noria

Por Luis Tarullo. Especial para EL LIBERAL.

09/10/2017 -

El armisticio fue firmado y la esperanza de ambas partes -CGT y Gobierno- es que dure bastante, si es posible hasta cumplido por lo menos el primer trimestre del año que viene.

Razones y circunstancias hay bastantes para los dos. Desde la incógnita por las perspectivas económicas hasta los reacomodamientos políticos internos y exógenos.

Claro que en el medio están siempre aquellos que tienen las demandas, las necesidades y las urgencias que no son las mismas que las de los que habitan y dominan las superestructuras.

De todas maneras, el reciente Comité Central Confederal de la CGT ratificó lo que se preveía: la apertura de un paréntesis por ahora atemporal, sin medidas de protesta y con garantía de diálogo.

Algunos, también previsiblemente, mantienen la guardia alta y siguen con su amenaza. Los Moyano se ausentaron del encuentro, porque venían apretando el acelerador, mientras otros, como el bancario Palazzo, mantuvieron la dureza de su discurso.

También hubo quienes se animaron a decir que hasta marzo no se moverán las piezas díscolas y habrá concentración en colaborar y calentar motores para las discusiones por salarios, y ubicar las piezas intestinas e incluso volver a establecer la conducción unipersonal de la central gremial.

Por ahora los sindicalistas y los funcionarios han tendido una mesa a la que están convidados los empresarios para negociar sobre cuestiones sensibles como reformas laborales y trabajo en negro.

También se cuelan la modificación al sistema tributario y los dineros de las obras sociales. Y la novedad de la Cobertura Universal de Salud (CUS), destinada a los ciudadanos desprotegidos en esa materia, para lo cual se derivarán los ocho mil millones de pesos del paquete de casi 30 mil millones que el kirchnerismo había virtualmente arrebatado a las obras sociales y mantuvo pisados durante añares y que la administración macrista devolvió a los sindicatos.

Esa devolución, cabe recordar, se dio de manera diversa: una porción en efectivo, otra en bonos, un segmento para un Fondo de Emergencia y el resto fue la cifra para la CUS. En este nuevo régimen también se estima que participarán los sindicatos de alguna manera, pues sino no puede entenderse tanta generosidad.

Pero, siempre hay un pero, ahora asoma en el horizonte otro elemento que sin dudas va a ser foco de conflicto. Las paritarias vienen arrimándose inexorables, aun cuando algunas actividades están cobrando las últimas cuotas de los arreglos para 2017 o sumas compensatorias acordadas a principios de este año.

Ya andan circulando algunas versiones acerca de los topes que quiere imponer el gobierno, y hasta hay voceros que se animan a arriesgar cifras que rondan el 10 por ciento. (Esa histórica tentación oficial, cualquiera sea el color político, de controlar las paritarias).

El número es concordante con lo que la administración espera de inflación futura a partir de 2018, pero sin duda los sindicatos querrán recuperar lo que se produzca este año en materia de coste de vida, que obviamente todavía será superior a la decena de puntos.

Como ocurre siempre, las organizaciones más poderosas podrán recurrir a los tradicionales mecanismos para eludir los techos o disfrazar las compensaciones, aunque hagan la cansadora política del tero, esa de gritar por un lado y poner los huevos en otro.

Camioneros, bancarios, colectiveros, encargados de edificios y algunas otras actividades no tendrán problemas. (Y los mayores costos, consecuencia de la inflación, se trasladan siempre en cascada y el consumidor final o usuario termina pagando).

El problema será, como es costumbre, para quienes no tienen ese poder de fuego o la envergadura para alertar, realizar medidas de fuerza contundentes o movilizar y ablandar la mano ya sea del Estado empleador como de los patronos privados. En síntesis, y para ahorrar palabrerío, una historia que sigue dando vueltas como una noria.

 
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