Dios, el huésped de nuestra alma

Evangelio según San Lucas 19,1-10.

21/11/2017 -

Jesús entró en Jericó y atravesaba la ciudad. Allí vivía un hombre muy rico llamado Zaqueo, que era jefe de los publicanos. Él quería ver quién era Jesús, pero no podía a causa de la multitud, porque era de baja estatura. Entonces se adelantó y subió a un sicomoro para poder verlo, porque iba a pasar por allí. Al llegar a ese lugar, Jesús miró hacia arriba y le dijo: “Zaqueo, baja pronto, porque hoy tengo que alojarme en tu casa”. Zaqueo bajó rápidamente y lo recibió con alegría. Al ver esto, todos murmuraban, diciendo: “Se ha ido a alojar en casa de un pecador”. Pero Zaqueo dijo resueltamente al Señor: “Señor, voy a dar la mitad de mis bienes a los pobres, y si he perjudicado a alguien, le daré cuatro veces más”. Y Jesús le dijo: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa, ya que también este hombre es un hijo de Abraham, porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido”.

Comentario

Escucha, oh alma, cuál es tu dignidad. Tan grande es tu simplicidad que nada puede habitar la morada de tu espíritu, nada puede hacerla su estancia, salvo la pureza y la simplicidad de la eterna Trinidad. Escucha las palabras de tu Esposo: “El Padre y yo vendremos y haremos morada en ella”, y también “baja pronto; conviene que hoy me quede yo en tu casa”. En efecto, solo Dios que te ha creado puede descender en tu espíritu porque, como atestigua San Agustín, él pretende ser más interior que lo más íntimo de ti mismo. Alégrate entonces, oh alma bienaventurada, de poder ser la anfitriona de tal visitante. “Oh alma bienaventurada, que cada día purificas tu corazón para recibir el Dios que la contiene, ese Dios cuyo huésped no necesita nada, pues posee en él mismo el Autor de todo bien”. Que feliz es el alma que en Dios encuentra su reposo, ya que puede afirmar: Quien me ha creado reposa en mi tienda. No podrá pues rehusar el reposo del cielo a aquella que le ofrece el reposo en esta vida. Eres muy codiciosa, oh alma mía, si la presencia de un tal visitante no te basta. Para que lo sepas: él es tan generoso que te enriquecerá de sus dones. Dejar en la indigencia a su anfitriona, ¿no sería eso indigno de un monarca? Decora pues tu cámara nupcial y recibe a Cristo, tu rey, cuya presencia regocijara y transportará a toda tu familia. Oh palabra tan asombrosa y tan admirable, el Rey cuyo sol y la luna admiran su esplendor, cuyo cielo y tierra reverencian su majestad, de quien la sabiduría ilumina las regiones de los espíritus celestiales, y cuya misericordia sacia la asamblea de todos los bienaventurados, ese Rey mismo te pide tu hospitalidad, él desea y codicia tu morada más que su palacio celestial.

 
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