No soy digno de que entres en mi casa

Por el padre Koffi Gilber. Párroco.

26/11/2017 - Vamos a reflexionar sobre una expresión que decimos antes de comulgar: “No soy digno de que entres en mi casa” (Mateo 8.8). La fe de ese centurión que no quiere que Jesús vaya a su casa, pero Él quería ir para dar salud. En la Iglesia hemos tomado esa expresión de humildad para antes de comulgar decir: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una sola palabra tuya bastará para sanarme”. Nuestra manera de pensar como Iglesia, es el último momento en preparación para recibir a Cristo. Para recibir a Cristo no hay que reconocer primero que nosotros no somos santos vivos. Es una actitud de humildad y de profunda confianza, momento para recibir al Señor en nuestro corazón. Cada uno lo recibe personalmente, por eso ninguno es digno de Jesús, de su presencia, y de su amor. Cuando escuchamos en la televisión o a las personas que hay que recibir a Jesús en estado de gracia, no debemos olvidar que somos seres humanos. Celebrando la misa, se encuentra el acto penitencial para reconocernos como pecadores y pedir perdón. Eso es lo importante. Y después cuando tenemos que hacer un encuentro verdadero con la sangre y el cuerpo de Cristo, es una cuestión de actitud. Nadie puede decir que está en estado de gracia o que ha recibido el perdón, y salir de ahí a pecar nuevamente. Por eso, no debemos pensar que somos personas puras y santas. Además, hoy tenemos miedo de todo. He visto que muchas personas piden la bendición de la casa. Es una tradición de la iglesia, pero mi casa no es solo edificio o material, está para cuidarnos protegernos. La verdadera casa somos nosotros mismos. Mi casa soy yo. La gente habla que su casa tiene mala onda o espíritus malos, pero antes de pedir la bendición del edificio hay que ver más allá. Hay que construir y purificar adentro. Cuando las personas están en paz y viven en paz, no hay necesidad de bendecir. La necesidad de purificar, de bendecir, la tenemos nosotros como personas. Pero debemos ver cómo vivimos, cómo hemos preparado nuestra casa para que Cristo pueda entrar. Cristo está en la puerta, para golpear. A veces deja entrar a Jesús. Cuántas veces buscamos a personas para ‘limpiar’ la casa, que generalmente son curanderos. Debemos tener cuidado con eso y de pensar que todo es causa del demonio. Debemos mantener la esencia de la casa espiritual porque cuando perdemos ese valor, vienen los miedos, las consecuencias y no podemos hacer nada. Hoy, como ese centurión, ese pagano, debemos continuar teniendo fe. Esa fe sin condiciones, sin miedos, sin hacer promesas, con convicción de que Dios lo es todo. Entregarse sin miedo, sin vergüenza. Hay que hacer encuentro cara a cara con nuestro Dios a través de la participación de la eucaristía y del sacramento de la reconciliación. Cuando lleguemos a vivir con esa apertura podremos decir “tengo una dignidad para que Dios pueda recibirme y pueda entrar en mi casa”. Hoy vamos a pedir a Jesús que nos visite y pueda pasar a nuestra casa. Que no solo nos purifique, sino que nos de fuerzas para que lo que hagamos sea en su nombre. Señor Jesús, aquí estamos, danos la posibilidad de hacer encuentro contigo, de sacar los obstáculos para vivir con paz, de dejar de lado lo que pensamos como seres humanos. Que nuestra Madre nos ayude, como ha hecho ella, que ha entregado su vida sin leyes ni condiciones, pero con fe. Que ella nos ayude a decir lo que expresa el Salmo 29: “Aquí estoy para cumplir tu voluntad Señor y para siempre”. Amén.

 
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