Evangelio según San Lucas 21,1-4.

27/11/2017 - Levantando los ojos, Jesús vio a unos ricos que ponían sus ofrendas en el tesoro del Templo. Vio también a una viuda de condición muy humilde, que ponía dos pequeñas monedas de cobre, y dijo: “Les aseguro que esta pobre viuda ha dado más que nadie. Porque todos los demás dieron como ofrenda algo de lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia, dio todo lo que tenía para vivir”. Comentario ¿A quién no le gustaría ver más allá? La historia humana está llena de inventos para ello. Hemos inventado los catalejos, para los que van en barco. O los telescopios, para ver las estrellas... Para las cosas pequeñas existen los microscopios. Y para ver los huesos, los rayos X. Pero aún no se ha inventado el aparato que mire el interior de las personas, los secretos del corazón, lo íntimo de lo íntimo. Quizá porque nunca se podrá inventar. O quizá porque sólo una mirada penetrante es capaz de ver, de verdad, más allá de las apariencias... El pueblo de Israel, en su relación personal con Dios, descubrió que éste era el único que conoce cada corazón y comprende todas sus acciones. El único capaz de ver más allá. Y no sólo de ver, sino de amar. Amar más allá de los méritos, de las cualidades, de las bondades. Jesús, Dios con nosotros, tenía la misma mirada penetrante que el Padre. Y el mismo amor. Por eso fue capaz de ver, en aquellos niños que molestaban, unos benjamines del Reino; y en aquel Zaqueo ruin y estafador, una promesa de generosidad; y en aquella mujer que lloraba, un anticipo de evangelizadora... y en aquella viuda que echaba dos céntimos, una entrega más generosa que la de otros. Los amigos de Jesús estamos llamados a ver más allá de las apariencias. Ejercitando la mirada, percibiendo los detalles, desvelando lo que a otros se les oculta... Descubriendo en cada persona un hijo de Dios y en cada acontecimiento una oportunidad para la Vida.

 
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