El Evangelio EL EVANGELIO DEL DOMINGO

Estén atentos - Marcos 13,33-37

Pbro. Mario Ramón Tenti

03/12/2017 - Estar atentos, velando, es el nudo de esta parábola de carácter netamente parenético, porque se dirige a la voluntad, al corazón para exhortar y estimular la vigilancia de los discípulos y de toda la comunidad en la “espera del Señor”, cuyo retorno es incierto. Por eso se advierte a los servidores que permanezcan vigilantes porque el Señor puede regresar inesperadamente y puede encontrarlos durmiendo. De ahí, que siempre hay que estar preparados, velando. El “vigilar” no debe darnos temor, pensando qué podrá sucedernos si no estamos preparados cuando llegue el Señor, sino todo lo contrario, experimentar la paz y el gozo de saber que “El vendrá”. El que ama no tiene miedo, no puede temer a aquél que lo amó y le dio la vida. El Señor no se fue, él está presente entre nosotros, de múltiples maneras, acompañando la historia de su comunidad, Resucitado y Glorioso, aunque para nosotros todavía no “revelado” en su plenitud. Por eso, este vigilar, es vivir ya en la presencia del amor que es Jesús, amándolo y sirviéndolo en sus hermanos. Todos los cristianos sabemos que adviento significa “venida”, “llegada”. ¿Quién viene? Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre. ¿Para qué viene? Para Salvar a la humanidad y liberarnos de todas las esclavitudes. Por eso nos preparamos para recibirlo. Pero, ¿qué significa esta preparación? ¿Qué tenemos que hacer? Marcos nos dice que hay que estar atentos, velando, en vigilia permanente. En primer lugar se trata de vivir en la esperanza con la alegría de saber que el Señor viene a nuestro encuentro. Con la certeza de que nada hay en nuestra humanidad que no interese al Señor, con la convicción de creer que él conduce la historia y que ésta tendrá un final feliz, de consumación en el amor y la vida plena. La mejor manera de “vigilar” es amando a los que él amó con predilección, es decir, a los pequeños, y como él nos amó, “hasta dar la vida”. Cuando amamos en obras y en verdad estamos demostrando al mundo que esperamos la venida de Jesús, porque manifestamos la vigencia de su causa: un Reino en el cuál Dios revele su señorío y el hombre encuentre su dignidad. Conclusión La sociedad actual ha pulverizado las esperanzas, las grandes utopías, los grandes sueños de una nueva humanidad, fraternal y solidaria. La sociedad de consumo ofrece siempre cosas nuevas, mercancías, pero no para renovar la vida, sino por el contrario, para mantenerla aprisionada en un círculo de indignidad. ¿Dónde han quedado los anhelos de liberación? ¿Dónde encuentra el hombre su rumbo y el sentido de su vida? También la Iglesia de Jesús, se ha encerrado en sí misma por temor, y sólo busca mantener el poco prestigio que le queda, preservar viejas seguridades que la alejan del camino del maestro. ¿No habría que volver a andar por los caminos de Galilea? ¿No tendríamos que ir detrás de los pasos del Resucitado con una fe sencilla y humilde, abiertos a la novedad que Dios siempre trae? Quizás más nunca, estar despiertos y vigilantes, signifique recuperar las esperanzas, volver a soñar con un mundo nuevo, sacudir nuestra modorra y dejarnos sorprender por el Dios de la vida que hace nuevas todas las cosas. Entonces sí, lo que predicamos irá acompañado de gestos de amor que nos ayudarán a recuperar la alegría de la fe.

 
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