Evangelio según San Lucas 10,21-24.

05/12/2017 -

En aquel momento Jesús se estremeció de gozo, movido por el Espíritu Santo, y dijo:

“Te alabo, Padre, Señor del ciaelo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido.

Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie sabe quién es el Hijo, sino el Padre, como nadie sabe quién es el Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar”.

Después, volviéndose hacia sus discípulos, Jesús les dijo a ellos solos: “¡Felices los ojos que ven lo que ustedes ven!

¡Les aseguro que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que ustedes ven y no lo vieron, oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron!”.

Comentario

¡Qué bien suena la voz de Isaías! El texto de este primer martes de Adviento llena de argumentos la ansiada llegada del Salvador.

La era mesiánica es muy ambiciosa. Ojalá nuestras ambiciones fueran las que desgrana el profeta. Ambición de una paz universal. Ambición de una justicia desconocida. Ambición de una armonía increíble. Ambición de un rey ideal...

Nos perdemos en otras ambiciones, que nos dejan nublada la mente y seco el corazón. Ambición de muestras de afecto y consideración. Ambición de protagonismo. Ambición de posesión de la verdad. Ambición de ser los primeros. Ambición de quedar bien. Ambiciones de poder y de tener. Ambiciones de esclavitud.

Necesitamos ambicionar los días de la era mesiánica. Días en que florezca la justicia del Mesías y abunde su paz. Días de principio para los pobres y desamparados. Días de fin para los injustos y violentos.

Días de ciencia y discernimiento, de consejo y valor, de piedad y adoración gratuita, claro- del Señor.

Estas ambiciones se las ha revelado el Padre a los sencillos de mirada profunda. A los humildes de espíritu.

A quienes, sin hacer nada especial, se ganan la confianza del Padre, del Hijo y del Espíritu, porque son gente de confianza y esperanza sinceras. Buena Gente, que lleva la Buena Noticia de Jesús esgrafiada en el espejo del alma. Gente sencilla que le deja a Él guiar sus pasos, pequeños, quizá lentos, pero con rumbo certero hacia la Vida Nueva de los anhelos mesiánicos.

 
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