ANÉCDOTAS DE TAXI | ¡Nadie va a creer esto!

Por Victor David Bukret.

26/12/2017 -

Esos viajes abundan en los días previos a la Navidad, pero la mayoría de los taxistas prefieren no hacerlos, porque corres el riesgo de llegar tarde a tu cena familiar.

La verdad es que acepté, porque estaba pagando atrasado las cuotas de mi primer autito, y porque los pasajeros eran una familia vecina a la casa de mi madre.

Promediaba las 17 horas del 24 de diciembre del 2008.

La mayor parte de la familia de Juan Carlos Sandobal había viajado el día anterior en colectivo, y él, por razones laborales podía recién ése día.

Sería el único pasajero, pero con equipaje de comida y víveres, que llenaban el interior de mi fitito, con baúl incluido.

¡CÓMO PREPARA COMIDA PARA LAS FIESTAS, LA GENTE EN SANTIAGO! ¡BRUTOS SOMOS!

Era en realidad carne de vaca, de cerdo y algunos pollos, que estaban sin cocinar, distribuidos en varias conservadoras y que les serviría para los cinco días que con su familia pasarían en el campo, en la casa de sus padres.

La localidad se encontraba a 120 km de la capital, y había que ingresar unos 800 metros hasta el rancho en cuestión.

La ruta estaba muy tranquila.

Mas de la mitad del camino recorrimos, escuchando al infaltable Koly Arce en la radio, y de tan agradable el trayecto, que don Juan Carlos me ofreció hacer una parada en la banquina, para compartir una sidra helada que tenía en hielo, bajo su asiento. La verdad, se me hacía agua la boca, pero me conozco, y sabía que iba a querer otra, "pa no quedá rengo"... No le acepté, recordando que debía volver, y me daría sueño.

Igual bajamos a orinar y a fumar un cigarrillo.

¡PARA QUÉ HABREMOS PARADO!

El auto no volvió a arrancar.

Gas tenía. Nafta tenía. Batería de más.

Se emputeció el destino, y tras tantos intentos, comenzó a anochecer. De un rancho del otro lado de la ruta, un paisano nos ofreció una linterna. Decidimos llevarlo al costado del rancho, y con un sol de noche agotamos las fuerzas y la mente, porque estos autos tienen más de electrónica que de mecánica.

Don Adolfo Bravo, dueño de casa, a modo de consuelo nos presentó al resto de su familia. Entre changos, mujeres y niños, totalizaban 18 cristianos. Nos ofreció por supuesto a quedarnos, para pasar la Noche Buena con ellos. Eran pobres. Muy pobres, y sólo un par de gallinas hervidas se disponían a servir, en diferentes mesas sin mantel, y con pocos platos, distintos vasos, y escasos cubiertos.

Sin dudar, Juan Carlos sacó todo lo que tenía, ¡PERO TODO! y les ofreció preparar a su gusto.

Una damajuana de vino tinto caliente, le siguió a las 4 sidras que no quise aceptar, y que ahora las tomé con tanto gusto. Mas que bronca y ansiedad, sentíamos no poder avisar a nuestras respectivas familias que no llegaríamos... que estábamos bien, y que no tuvimos ningún accidente, pues la señal para los primeros celulares de la época, era nula.

Entre charla, cuentos, abrazos y afectos, nos volvió a sorprender el día.

Unos mates de doña Negrita, y por porfiao intenté girar la llave del puto auto, que arrancó sin siquiera toser, o tirarse un "pedo", de esos que el caño de escape suele largar cuando estuvo ahogado. Juan Carlos, sin camisa, y medio despeinao, saltaba de felicidad, con los 8 ó 9 niños que le hacían la ronda.

¡CÓMO NOS COSTÓ DESPEDIRNOS! Pero les prometimos volver. ¡LES JURAMOS VOLVER!

Llegamos a destino, y yo me comuniqué con los míos, para relatar el incidente.

El 6 de enero fue la fecha indicada. La familia de Juan Carlos Sandobal y la mía, juntaron todo tipo de juguetes, donaciones y víveres para los Bravo.

Para ubicarnos, tomamos los 68km que marcaba mi odómetro, el cartel de la Escuela 1368, y la contra curva de referencia, trescientos metros antes de llegar al ingreso del rancho. Estaba incluso la huella que dejó en la banquina las ruedas, y hasta las colillas de los cigarrillos, pero ¡EL RANCHO NO ESTABA!

" ¡JAMÁS ESTUVO ALLÍ!" -nos informó el comisario del pueblo.


 
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