Evangelio según San Marcos 2,13-17.

13/01/2018 -

Jesús salió nuevamente a la orilla del mar; toda la gente acudía allí, y él les enseñaba.

Al pasar vio a Leví, hijo de Alfeo, sentado a la mesa de recaudación de impuestos, y le dijo: “Sígueme”. El se levantó y lo siguió.

Mientras Jesús estaba comiendo en su casa, muchos publicanos y pecadores se sentaron a comer con él y sus discípulos; porque eran muchos los que lo seguían.

Los escribas del grupo de los fariseos, al ver que comía con pecadores y publicanos, decían a los discípulos: “¿Por qué come con publicanos y pecadores?”.

Jesús, que había oído, les dijo: “No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”.

Comentario

Mi querido Redentor, he aquí mi corazón, te lo doy entero: ya no me pertenece más, es tuyo. Entrando en el mundo, ofreciste al Padre Eterno, ofreciste y diste toda tu voluntad, como nos lo enseñas por la boca de David: “de mi está escrito en el Libro de la ley, que haré tu voluntad. Es lo que siempre he querido mi Dios” (Sal 39:8-9).

De la misma manera, mi querido Salvador, te ofrezco hoy toda mi voluntad. En otro tiempo te fue rebelde, es por ella que te ofendía. Ahora, me arrepiento de todo corazón por el uso que hice de ella, y de todas las faltas que miserablemente me privaron de tu amistad.

Me arrepiento profundamente, y esta voluntad te la consagro sin reserva. “¿Señor, qué quieres que haga? (Hch. 22:10) Señor, dime qué me pides: estoy dispuesto a hacer todo lo que deseas. Dispón de mí y de lo que me pertenece como gustes: lo acepto todo, consiento en todo.

Sé que buscas mi mayor bien: “Pongo pues, totalmente mi alma en tus manos” (Sal 30:6).

Por misericordia, ayúdala, consérvala, haz que te pertenezca siempre, y sea toda tuya, ya que “la rescataste, Señor, Dios de la verdad”, al precio de tu sangre (Salmo 30:6)”.

Jesús llama personalmente. No lo dice en general, ni a ver si alguien se da por aludido. De entre todo el gentío, al pasar Jesús ve a Leví y le llama. Es una llamada personal e intransferible. En este momento es a él a quien llama. Por eso la respuesta sólo puede ser personal, aunque sea junto a otros.

Jesús llama concretamente. No llama para nada, ni para algo abstracto. “Sígueme”. Ahí está el contenido de la llamada: seguir sus huellas, caminar sus caminos... hacer lo que Él hace, decir como Él dice, sanar como Él sana, anunciar como Él anuncia... amar como Él ama... y todo esto en movimiento, porque no será lo mismo hacerlo en Cafarnaún que en Jerusalén... en el siglo I que en el XXI...

Jesús llama gratuitamente. Porque Leví no era precisamente un modelo de conducta para sus paisanos. Y puestos a pensar en alguien influyente, podía haber habido otros muchos.

Pero Jesús llama de forma gratuita, porque quiere. Y se ha fijado en él. Porque no ve las apariencias, sino el corazón. Y sabe que en ese hombre aparentemente indigno, hay escondido un hijo de Dios y un apóstol que puede salir a la luz a lo largo del camino.

“No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”. Para evitar cualquier tentación de “dignidad” mal entendida.

Señor Jesús, Tú me llamas por el nombre, de manera concreta, por pura gracia.

Que yo te pueda responder desde lo que tú vas generando en mi.

Gracias por tu confianza.

Tu confianza me construye.


 
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