“El dueño del sábado”: la liberación aportada por Cristo

Evangelio según San Marcos 2,23-28.

16/01/2018 -

Un sábado en que Jesús atravesaba unos sembrados, sus discípulos comenzaron a arrancar espigas al pasar. Entonces los fariseos le dijeron: “¡Mira! ¿Por qué hacen en sábado lo que no está permitido?”. Él les respondió: “¿Ustedes no han leído nunca lo que hizo David, cuando él y sus compañeros se vieron obligados por el hambre, cómo entró en la Casa de Dios, en el tiempo del Sumo Sacerdote Abiatar, y comió y dio a sus compañeros los panes de la ofrenda, que sólo pueden comer los sacerdotes?”. Y agregó: “El sábado ha sido hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado. De manera que el Hijo del hombre es dueño también del sábado”.

Comentario

Esta novedad radical que la Eucaristía introduce en la vida del hombre ha estado presente en la conciencia cristiana desde el principio. Los fieles percibieron en seguida el influjo profundo que la celebración eucarística ejercía sobre su estilo de vida. San Ignacio de Antioquía (?- v. 110) expresaba esta verdad definiendo a los cristianos como “los que han llegado a la nueva esperanza”, y los presentaba como los que viven “según el domingo”. Esta fórmula del gran mártir antioqueno pone claramente de relieve la relación entre la realidad eucarística y la vida cristiana en su cotidianidad. La costumbre característica de los cristianos de reunirse el primer día después del sábado para celebrar la resurrección de Cristo -según el relato de san Justino mártir (v. 100-160) - es el hecho que define también la forma de la existencia renovada por el encuentro con Cristo. Vamos a fijarnos en el final de la primera lectura de hoy. Está tomada del Antiguo Testamento y se refiere a la elección de David como nuevo rey de Israel. El profeta Samuel tiene que ungir como rey al candidato que Dios le va a mostrar. Es un momento muy delicado. No puede equivocarse de persona. El Señor dijo a Samuel: “No te fijes en las apariencias ni en su buena estatura... Porque Dios no ve como los hombres, que ven la apariencia; el Señor ve el corazón”. Este pensamiento nos debe acompañar siempre en nuestra vida espiritual. ¿De qué te sirven las alabanzas de los demás si tú sabes lo que hay dentro de ti: puedes disimular y tal vez engañar, pero en tu conciencia Dios te habla porque Él ve tu corazón. Ante nuestros amigos podemos disimular y aparentar lo que no somos, pero no ante Dios Si ahora nos fijamos en el texto del evangelio de hoy nos damos cuenta cómo nuestro Señor Jesús se enfrentó a los escribas y fariseos fanáticos que manipulaban la palabra de Dios a su antojo según les convenía. La Ley permitía calmar el hambre cortando espigas al pasar por un sembrado. Unos fanáticos criticaban a los discípulos de Jesús porque recogían espigas para matar el hambre. Decían que Dios había prohibido hacer esas tareas el sábado. Los discípulos por su parte han aprendido de Jesús la libertad frente a la Ley, pero ahora son acusados por los fariseos de no acatarla. Jesús acude a las Escrituras para discernir cuándo una ley es liberadora u opresora. El criterio es el ser humano. Es decir que ninguna ley, palabra o acción que oprima, margine o excluya a las personas puede tener el respaldo de Dios. Jesus afirma con toda claridad que “el sábado se hizo para el hombre, no el hombre para el sábado”.

 
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