Padre Koffi Gilbert OPINA SANTIAGO

El desierto

Por el padre Gilbert - Párroco de Ma. Auxiliadora

18/02/2018 -

El desierto es un lugar árido e inhóspito. En ese lugar no hay nada, ni lo más elemental. Allí se sufre todo tipo de incomodidades. La sed y el calor. Las privaciones y carencias materiales. Hay también silencio.

A veces cuesta estar en ese lugar porque queremos vivir en la comodidad, pero necesitamos ese desierto espiritual para vivir esa relación con nuestro Dios.

El desierto espiritual, lugar del desprendimiento de todo lo superfluo. La invitación es a la austeridad y al retorno a lo esencial.

En ese lugar, el ser humano experimenta su fragilidad y sus propias limitaciones. Es lugar de purificación. Es también tiempo de búsqueda de Dios para hacer encuentro verdadero a través de la oración, del silencio.

Podemos ver el ejemplo de Moisés, en el capítulo 24 versículo 12 al 18: “Necesitamos entonces un tiempo donde podamos encontrarnos con Dios y escuchar su voz. Dejarlo a Él hablar, nosotros escuchar y hablar Él. Es el encuentro verdadero”.

Desierto es también un lugar de purificación. Dios nos habla y nos purifica, nos restaura como pueblo de Dios.

Hoy, como siempre es una invitación a que entremos en el desierto de nuestra vida. Hay que hacer un desierto, hay que ir. Porque ir al desierto requiere valentía, coraje y alejarte de todo para contemplar a Dios. En el desierto con Dios nos encontramos con nosotros mismos. Podemos imitar a Jesús que va y queda a vivir en el desierto para hacer la experiencia que todo ser humano puede vivir.

Podemos ver a Dios cara a cara.

Apocalipsis 22-4: el desierto es el lugar de destello del propio yo. Porque a veces podemos pensar que somos muy importante pero hay que entrar y ver a dónde está nuestra fragilidad.

El desierto es indispensable para todo aquel que busca a Dios. El desierto nos libera y nos ayuda a comprender las cosas desde adentro, desde otra perspectiva.

El desierto es un tiempo de gracia. Es dar gracias a Dios. Descubrimos la necesidad del silencio de la interiorización, de la renuncia a todo lo que no es necesario. Es el tiempo que vivimos hoy. Tiempo de Cuaresma. Tiempo de renuncia. “La persona que quiera seguirme que renuncie a sí mismo” y me siga.

Nuestras capillas, santuarios, templos, son lugares de desierto, pero hay que respetar, hacer silencio y buscar a Dios en ese lugar y no solamente ir para hacer ruido, sino para concentrarse y entrar en ese espíritu de encuentro verdadero con Dios.

Que cada uno respete con sus silencios esos lugares. A veces nuestras iglesias se han transformados en espacios de amistad.

Hay que pasar por el desierto para afligirnos y saber qué hay en nuestros corazones. Debemos resguardar sus mandamientos y leyes, su palabra.

Podemos atravesar el desierto espiritual. Es un tiempo en donde sentimos, en donde nuestras oraciones son secas.

Si hay ruido, si no hay concentración, ni encuentro, todo lo que digamos en un templo será por formalidad, en donde dejamos de ser sensibles a lo espiritual.

Hoy muchas de las celebraciones son superficiales, secas, sin dar frutos.

Es un tiempo en el que no dan ganas de orar y perdemos todo. No sentimos la presencia de Dios sobre nuestra vida. No queremos vivir esa experiencia.

Para salir de ese desierto tenemos que comenzar a orar con sinceridad, alimentarnos con la palabra de Dios y el corazón humilde. No hay fórmulas mágicas para salir de allí. Sólo la humildad del corazón puede hacer que volvamos a ser los mismos creyentes y enfrentar las sensaciones como lo hizo Jesús, y vencer todo los que podemos vivir como tentaciones.

Nuestra fuerza está en el silencio, en la concentración y en el encuentro verdadero con Dios.

Que estos cuarenta días sean de silencio, reflexión y decisión. Que Cristo nos ayude en ese camino.

Que Nuestra Madre que ha hecho también esa experiencia con su silencio nos ayude a que nuestro interior sea un desierto para vivir en nuestra fe.

Que Nuestra Madre sea modelo de fe, de confianza y esperanza.

Que nuestras casas sean un lugar de desierto para orar y encontrar a Dios en su palabra. Hoy y para siempre.

Amén.


 
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