El Evangelio EL EVANGELIO DEL DOMINGO - Pbro. Mario Ramón Tenti

No hagan de la casa de mi Padre una casa de comercio

Juan 2,13-25

04/03/2018 -

Para Israel el Templo de Jerusalén ocupaba un lugar central en su religión. Las prácticas de culto que allí se realizaban, como los sacrificios de animales, hacían pensar al pueblo que ya estaban “justificados”, es decir salvados. Algunos confiaban más en estas prácticas que en la propia misericordia de Dios. El Templo fortalecía cierto orgullo nacional que discriminaba a aquellos que no eran judíos considerándolos paganos y por lo tanto excluidos de la salvación. Para salvarse era preciso convertirse al judaísmo. Incluso, el Templo promovía cierto dualismo entre lo sagrado y profano, Todo lo vinculado al Templo, sacerdotes, ofrendas, etc., era sagrado y el resto profano, familias, casas, el mundo en general.

Jesús se enfrentó al Templo y su significación religiosa. Consideraba inaceptable que Dios pudiera “habitar” allí en medio de estas prácticas que lejos de propiciar la comunión con Dios, henchían el orgullo humano. Jesús reemplaza este Templo, por otro, el de su cuerpo, humanidad resucitada, en donde habita Dios. Desde ahora, la “presencia de Dios” pasa del Templo a Jesús. Dios ya no está más en el Templo, está en Jesús; el lugar de encuentro de Dios con su pueblo es Jesús. Jesús es el nuevo templo, la nueva religión.

Por lo tanto, el verdadero culto ya no está en realizar ciertos ritos para alcanzar la salvación, sino en el seguimiento de Jesús, en la experiencia del amor solidario con los hermanos. Para encontrarse con Dios hay que salir del templo a la vida cotidiana y vivir el amor como experiencia de encuentro con Jesús y los hermanos, experiencia de justicia y misericordia.

Conclusión

Al igual que ayer, también hoy las religiones, incluido el cristianismo, tienen la tentación de pretender “sustituir” a Dios por ciertas prácticas cultuales. Intentan sujetar a Dios y monopolizar su voluntad en sus ritos, discursos y prácticas, que a veces puede contradecir la voluntad de Dios y ser un obstáculo para vivir la comunión con Él. Por eso Jesús, brega por una religión vivida en “espíritu y en verdad”, es decir, una religión abierta a la voluntad de Dios y siempre dispuesta a discernir su presencia.

Para los cristianos, Dios habita en Jesús. En Él, Dios ha puesto su morada, y en aquellos que por la fe aceptan a Jesús y se abren a la comunión con el Padre en el Espíritu de Cristo Resucitado.

A la vez, Jesús está en los hermanos, especialmente en los que sufren, por eso, la solidaridad con ellos es un signo de la comunión vivida con Él. De ahí, que la “verdadera” religión pasa por amar a los que sufren, a los que la sociedad excluye de los bienes de la vida. Los hermanos más pobres, son “sacramentos” de Dios, signos de su presencia que reclaman justicia y solidaridad.

 
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