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La devaluación necesaria

- 04:00 Opinión

L a restricción al dólar continúa siendo una de las noticias del día. El rumor de que sería solo por un tiempo y que luego se liberaría, no es más que eso. El dólar en Argentina ya vale 5,60/5,70 y esta es la referencia para las transacciones futuras. Es interesante observar que el dólar blue subió a 5,71, creciendo 8 centavos, lo cual implica en términos proporcionales un peso que se devaluó tanto como el real, un poco más de un 1%. Es que estamos en tiempo de devaluaciones.
Todas las monedas de América del Sur y México han devaluado en el último mes, con Brasil a la cabeza con un 8%. Si además tenemos en cuenta que todos estos países tienen una inflación de 5,5% o menos, es lógico que Argentina siga el mismo camino que sus vecinos.
La pregunta ahora que queda es por qué el gobierno está obsesionado con mantener el valor del dólar en 4,48, cuando a ese precio la rentabilidad de las exportaciones se está reduciendo sino es ya negativa, el turismo extranjero comienza a caer significativamente y es un precio que luce tan barato para los argentinos que sin las actuales restricciones comprarían todo lo posible.
Los pros de una devaluación: si se liberaran los controles a la adquisición del dólar, y el BCRA no interviniera, subiría, al principio mucho y luego convergería a un valor como el dólar blue, centavo más o menos. La recaudación automáticamente aumentaría por las retenciones y la rentabilidad de los sectores exportadores crecería, volviendo a mover la economía, principalmente del interior del país. Las importaciones ya no necesitarían controlarse, ya que al ser más caras, directamente no se importarían los bienes innecesarios, aunque sí lo harían los destinados a la producción. Es decir, decidirían las empresas qué y cuándo importar y no el “operador 03”.
Los contras de una devaluación: la primera es que originaría un salto en la inflación, aunque no muy superior a la que ya estamos padeciendo. Pero es claro que para controlarla se debería limitar el aumento del gasto público, aunque ya estaría un poco licuado y posiblemente habría que subir las tasas de interés frenando la actividad económica.
Es cierto que el salario real caería, pero no sobre los bienes básicos, ya que a diferencia de los años 70, que Argentina exportaba los denominados bienes salarios (carne, trigo, maíz) hoy exporta soja, oro y autos, que no afecta directamente los salarios.
Seguramente algunos agregarán otros impactos a favor y otros en contra, pero estos son los principales.
Como se verá, el debate es nuevamente el mismo de la convertibilidad, pero sin estar en ella. Y no es menor. El principal problema de la salida de la convertibilidad fue la destrucción de riqueza que hizo en los diferentes actores económicos. Eso con una devaluación hoy no pasaría por varias razones.
La primera y principal es que no hay problemas de endeudamiento. Ni las familias, ni las empresas tienen niveles de deuda importantes y las existentes se encuentran en pesos. Por otro lado, la deuda externa neta del Gobierno nacional no es más del 18% del PBI, por lo que una devaluación no tendría mayores efectos sobre el stock de riqueza.
Nuevamente los que perderían, medido en dólares serían aquellos argentinos que tienen sus ahorros en pesos que -seamos sinceros- no son muchos, ya que luego de la crisis 2001/2002 casi nadie tiene sus ahorros en el banco.
Pero en segundo lugar y no menos importante, se trataría de una devaluación aproximada a un 25%, muy lejos del 300% de la salida de la convertibilidad.
No tiene sentido ir contra la corriente de lo que sucede en el resto del continente. Es tiempo de devaluaciones y vamos a tener que comenzar a hacerla, por lo cual sería mucho mejor administrarla racionalmente antes de que sea caótica.
Hace 10 años nos obsesionamos con el tipo de cambio fijo y nos fue mal. Tenemos que aprender. Esta vez sería mejor lograr obsesionarnos por tener una inflación baja como el resto de Latinoamérica y dejar que el tipo de cambio se mueva acorde a los tiempos. Cuanto más se tarde, más dura será la salida.
Tonto es aquel que no aprende de sus errores; inteligente el que aprende de sus propios errores, y sabio el que aprende de los errores de los demás. Sabios ya no somos, seamos inteligentes. l

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