“El que tenga oídos, que oiga”

Evangelio según san Mateo (11,11-15).

13/12/2018 -

En aquel tiempo, dijo Jesús al gentío: “En verdad os digo que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él. Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora el reino de los cielos sufre violencia y los violentos lo arrebatan. Los Profetas y la Ley han profetizado hasta que vino Juan; él es Elías, el que tenía que venir, con tal que queráis admitirlo. El que tenga oídos, que oiga”.

Comentario

La vida que merece la pena vivirse nace de los eriales de nuestra existencia, cansada de las nimiedades de la vida, cansada de la autodestrucción propiciada por el hombre, cansada del egoísmo y la injusticia tan arraigada en el caminar de nuestra existencia: Muer tes, desnudez, hambre, guerras... Mientras caminamos en el desierto surge la pregunta ¡Qué hace Dios! ¡Por qué lo permite! Pero, ¿será ésta la pregunta correcta? Las riquezas no las reparte Dios. Dios no hace listas de los que acumulan más riquezas en este mundo. Dios propone una vía de salida al egoísmo, el compartir, el donarse, el sacrificarse, el crear vida con los dones que Dios te ha regalado. Dios por encima de todo te libera de tus esclavitudes, pero a la forma de Dios, no a la forma humana. Hablando de Juan el Bautista, en el evangelio de hoy, Jesús lo presenta como el más pequeño del reino de los cielos, lo presenta como profeta al que no queremos escuchar. Y ante las cosas de Dios mostramos violencia: “hasta ahora se hace violencia contra el reino de Dios, y gente violenta quiere arrebatárselo”. ¿Por qué no dirigimos la pregunta hacia nosotros? ¿Por qué no preguntarnos el para qué? ¿Para qué queremos aniquilar a Dios de nuestras vidas? ¿Para qué mostrar violencia antes las cosas que Dios nos presenta? ¿Para qué arrebatarles a los niños la presencia de Dios? Todo lo encaminamos a que Dios no esté presente en nuestras vidas, la sociedad es hostil no sólo a Dios también es hostil hacia lo humano, hacia sí misma. ¿Realmente cuando buscamos el derecho y la justicia legislando un sinfín de normas estamos buscando en nuestro interior la alegría verdadera, la que produce y protege la felicidad de las gentes? ¿Si Dios es nuestra alegría, para qué luchar contra él? Pidamos al Dios que viene, al Dios de la alegría, al que crea vida en el desierto, que nos proteja de la sinrazón, y nos muestre su luz para contemplar la vida que él nos propone.

 
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