Lectura del santo evangelio según san Mateo 17,10-13.

15/12/2018 - Cuando bajaban de la montaña, los discípulos preguntaron a Jesús: “¿Por qué dicen los escribas que primero tiene que venir Elías?”. Él les contestó: “Elías vendrá y lo renovará todo. Pero os digo que Elías ya ha venido, y no lo reconocieron, sino que lo trataron a su antojo. Así también el Hijo del hombre va a padecer a manos de ellos”. Entonces entendieron los discípulos que se refería a Juan el Bautista. Comentario Cuatro son los personajes de la liturgia de hoy: Elías, Juan el Bautista, Jesús y todos nosotros. Elías y Juan el Bautista tienen un rasgo común en su predicación: “mano dura”. “Elías, un profeta como un fuego, cuyas palabras eran horno encendido”. Juan el Bautista se ganó la fama de austero y de predicador recio: “Raza de víboras, ¿quién os enseñó a huir de la ira que os amenaza?... Ya está puesta el hacha a la raíz de los árboles, y todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego”. Jesús en el anuncio y predicación de su buena noticia tiene otro tono. Un tono cercano, entrañable, más amable. Nos anuncia que Dios está dispuesto a tener unas relaciones muy cercanas, íntimas con todos los hombres, siendo nuestro Rey y Señor. Si le dejamos se ofrece a reinar en nuestro corazón y guiar nuestras vidas. Pero es un Rey especial, tan especial que Jesús nos asegura que es nuestro Padre, que busca siempre nuestro bien. Y cuando nos despistamos y le damos la espalda está dispuesto a acogernos y perdonarnos hasta setenta veces siete, es decir, siempre. También Jesús, en la misma línea que su Padre y nuestro Padre Dios, se olvida de su condición divina y se llega hasta nosotros como nuestro servidor, señalándonos el camino que conduce a la vida y vida abundante. Las autoridades religiosas de entonces quisieron hacerle callar, pero Jesús, por ser fiel a sí mismo y a nosotros y a la enseñanza que quería dejarnos, nos siguió predicando su buena noticia, lo que le costó morir injustamente en la cruz. “El Hijo del Hombre va a padecer a manos de ellos”. Quedamos nosotros, los que queremos vivir con intensidad este nuevo adviento. Sabemos bien lo que tenemos que hacer... seguir en todo momento a Jesús: “Te seguiré donde quiera que vayas”. Dios nos restaura. ¡Qué buena noticia! Nos restaura sin forzar nada, sin violentarnos lo más mínimo. Sólo haciendo brillar su rostro sobre nosotros. Es una escuela de renovación y restauración. Ya contemplábamos el otro día que Dios lo hace todo nuevo, ¿no lo veis? Pero hoy da un paso más: además, te restaura. Se nos invita también a nosotros a renovar desde aquí, desde la luz. Como Elías en el evangelio. Como Juan Bautista. Esta vez no se trata de hacer caer fuego y azufre sobre tanta imperfección y grietas como tenemos. Esta vez Dios renueva poniendo su rostro cerca del nuestro. Como por contagio, por cercanía, por puro amor.

 
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