Evangeliio según San Lucas 2, 41-52

30/12/2018 -

Contrariamente a lo que se suele creer, Jesús no vivió en el seno de una pequeña célula familiar junto a sus padres, sino integrado en una familia más amplia. Los Evangelios nos dicen que Jesús tuvo cuatro hermanos: Santiago, José, Judas y Simón y hermanas que no son llamadas por el nombre.

Esta familia le da a Jesús su identidad, protección y seguridad. Allí fue forjando su personalidad tan sensible a los pobres y los que sufren y aprendiendo gestos de ternura y misericordia con los pecadores y excluidos de la sociedad de su tiempo.

Aprendió también a trabajar y experimentó en carne propia la escasez y las necesidades propias de una familia humilde.

Como muchas de aquella región, la familia de Jesús era religiosa: poseía una fe sencilla, basada en la Torá que la hacían sentirse parte del pueblo de Dios, Israel.

La fe de Jesús fue creciendo en el clima religioso de su aldea Nazaret, en las reuniones para orar de los sábados y en las grandes fiestas de Israel, pero sobre todo fue en el seno de su familia donde pudo alimentarse de la fe de sus padres, conocer el sentido profundo de las tradiciones y aprender a orar a Dios.

Si bien es cierto que Jesús creció en una familia creyente, y que como dice Lucas en su Evangelio: "vivía sujeto a sus padres", vive una "obediencia" que trasciende los lazos del amor filial y de respeto a José y María, obediencia de Hijo a su Padre Dios. Los sentimientos maternos de María, según Lucas, han sabido dar paso a la misteriosa vinculación entre Jesús y el Padre, a pesar de que no comprendía en profundidad el comportamiento de Jesús y por eso "guardaba estas cosas en su corazón".

Conclusión

La Iglesia celebra hoy la Fiesta de la Sagrada Familia y sitúa a la familia de Jesús como modelo de toda familia humana. La imagen de familia que supone la integración de padres e hijos en un mismo hogar se presenta como ideal de convivencia humana. Pero, muchas, y cada vez con mayor frecuencia, no viven esta realidad, lo que puede hacerles suponer que no son parte del plan de salvación de Dios. Esto no es así. Nuestras familias, al igual que la de Jesús son parte de la gran familia del pueblo de Dios que es la Iglesia. Esto no supone menospreciar la experiencia de comunión en la familia en su mínima expresión, sino abrir el horizonte para contener a todos aquellos que por ciertas circunstancias de la vida hoy viven en hogares separados. Para los cristianos, quien da cohesión y unidad a la familia es el mismo Dios, no los lazos de sangre. Por eso, más allá de las dolorosas experiencias de ruptura familiar, todos sus miembros deben sentirse amados por Dios, y llamados a vivir en comunión con Él y desde allí construir y sostener los lazos de amor. 


 
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