Evangelio según San Juan (1,29-34)

03/01/2019 -

Al día siguiente, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: "Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo. Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua para que sea manifestado a Israel".

Y Juan dio testimonio diciendo: "He contemplado el Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: Aquél sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo. Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios".

Comentario

La primera carta de Juan afirma lo que somos: Hijos de Dios. "¿Mirad qué? amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues lo somos". Si en Navidad celebramos que Dios se hace uno de nosotros, Jesús es nuestro hermano, por lo que su nacimiento nos introduce en la familia de los hijos de Dios, aunque todavía "no se haya manifestado en plenitud nuestro ser hijos, lo que seremos", porque cuando se nos manifieste Cristo, "seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es".

Esta afirmación de la Palabra de Dios nos recuerda que no somos huérfanos, que no estamos abandonados a la deriva de la vida, que ningún ser humano está solo, aunque no lo sepa.

Dios, nuestro creador y criador, cuida de cada uno de nosotros, de todos. También nos recuerda que, si somos hermanos en Él, debemos sentir a los demás como hermanos, mirarlos con otros ojos, con aire de familia.

Intentemos mirar a los demás con ojos nuevos, como nos mira Dios a Nosotros.

En el Niño Dios encontramos nuestro cobijo existencial, estamos en Él.

Llamarnos y ser hijos de Dios es la mejor gracia de la Navidad. Y es también la mejor noticia para empezar el año. Seguramente habrá momentos a lo largo del mismo en que nos sentiremos débiles, o con poca suerte, o delicados de salud, o sin grandes éxitos en nuestros proyectos.

Pero una cosa no nos la puede quitar nadie: Dios nos ama, nos conoce, nos ha hecho hijos suyos, y a pesar de nuestra debilidad y de nuestro pecado, nos sigue amando y nos destina a una eternidad de vida con Él.El evangelio continúa con el testimonio de Juan el Bautista. Juan lo conoce bien y nos lo señala para que no lo perdamos de vista en estos días en los que seguimos celebrando su nacimiento. El cordero, el que dará la vida por nosotros cuando sea mayor. A Él lo seguimos y especialmente lo adoramos, con nuestras acciones de amor, en estos días.


 
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