“...Y la semilla va creciendo sin que él sepa cómo”

Evangelio según san Marcos 4,26-34.

01/02/2019 -

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: “El reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo la cosecha ella sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega”. Dijo también: “¿Con qué podemos comparar el reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? Con un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después brota, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros pueden cobijarse y anidar en ellas”. Con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra, acomodándose a su entender. Todo se lo exponía con parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado.

Comentario

Son los primeros días de los cristianos viviendo su fe en medio de dificultades, sufriendo o compartiendo el sufrimiento que las persecuciones acarrearon a los fieles, soportados con entereza por la esperanza en un mundo mejor. Los tiempos de Dios no son nuestros tiempos. Pablo espera como inminente la llegada “del que viene”. Hoy sabemos que el ritmo de los tiempos está fuera de nuestro alcance, que la esperanza en una venida de rescate inmediata no se va a producir, que deberemos seguir esperando viviendo en la fe. Es lo único que necesitamos: vivir sostenidos por la fe en el que ha de venir, sin impaciencia, fuertes en la esperanza y absolutamente firmes en la certeza de la nueva venida de Cristo. Él vendrá. Cuando los tiempos sean cumplidos y todo esté sometido bajo sus pies, llegará a cada uno de nosotros. Todos estamos en las manos del Señor. Él es quien nos salva si nosotros queremos ser salvados, porque el Señor siempre camina a nuestro lado, atento a nuestros tropiezos para darnos la mano y sacarnos del apuro, librarnos de los malvados y asegurar nuestra salvación. ...Ahí estamos: el Reino de Dios nos invita a repartir su semilla y nos pone en las manos una cantidad de ellas. Y empieza nuestra tarea: ser sembradores. Pero también, si escuchamos a muchos cosembradores, oiremos muchos lamentos y pocas alegrías. Es muy frecuente que catequistas, enseñantes y predicadores, nos lamentemos porque después de muchas semanas, puede que años, sembrando, no vemos brotar las semillas, no llegamos a ver las cosechas y el desánimo termina adueñándose de nosotros. Nos falta fe en lo que hacemos. Somos ayudantes del Sembrador, labradores vicarios cuya misión no es recoger la cosecha, sino sembrar con la fe suficiente para saber que, si hemos plantado una buena semilla, ésta germinará en lo oculto y un día brotará y dará fruto. Dios cuida la semilla, pone el agua y el sol para hacerla fecunda. No nos corresponde forzar la germinación de la semilla, sino sembrarla y esperar, seguros, que un día, el dueño de la mies podrá recogerla, y el Reino de Dios comenzará a vivir entre nosotros. Es posible que estemos pensando en el Reino de Dios como en un ente extraño, ajeno a nosotros y estamos equivocados. Nosotros, cada uno de nosotros, somos piedras vivas de ese Reino. El triunfo del Reino no vendrá dado desde fuera, porque no hay tal reino ajeno al hombre, sino que está construido, fundamentado en Dios.

 
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