Evangelio según san Marcos 6,1-6

06/02/2019 -

En aquel tiempo, fue Jesús a su pueblo en compañía de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada: “¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es ésa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?” Y esto les resultaba escandaloso.

Jesús les decía: “No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa”. No pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se extrañó de su falta de fe.

Y recorría los pueblos de alrededor enseñando.

Reflexión

Las comparaciones que el autor utiliza en esta parte de la exhortación, pueden extrañarnos como lenguaje de hoy, que ellas no nos frenen, importa captar lo que ellas quieren decirnos, se propone dejar al descubierto lo mejor de nuestro ser, esto es educar. “Dios nos trata como a hijos e hijas”.

Todo ser humano que busque a Dios, tiene que estar vigilante y dispuesto a entablar batalla contra el mal=pecado que fácilmente se puede colar e instaurar en nuestro ser=conciencia porque la hemos dejado adormecer y con ello se pierde la batalla. El pecado es nuestro adversario y necesita ser confrontado frecuentemente para no caer en él.

Esto parece que denuncia el autor de esta carta para algunos de la comunidad, “no han batallado lo suficiente, han olvidado las enseñanzas recibidas, necesitan ser corregidos, y aceptar ser reprendidos”.

Les invita a emprender de nuevo la carrera hasta llegar a la meta como hicieron sus antepasados, pero, ¡cuánto cuesta aceptar una corrección en las caídas!

Seguro que todos y todas tenemos experiencia en esta educación.

Examinemos nuestras actitudes en el vivir cotidiano, tomemos aliento. Alguien nos precede en este trecho del camino. Fijemos nuestra mirada en el iniciador y consumador de nuestra fe. ¡Qué no tenga que extrañarse de nuestra falta de fe!

Después de una larga ausencia de su pueblo, en la cual Jesús ha predicado en otros lugares, ahora vuelve a su pueblo, acompañado de discípulos que le siguen.

Cuando llegó el sábado como era costumbre, se fue a la sinagoga para tomar parte en la reunión de la comunidad.

Jesús no era el coordinador de la comunidad, ni el que animaba la oración, sin embargo toma la palabra y empieza a enseñar, nos dice el texto.

Imaginemos por un momento el cuadro. Podemos coger una de nuestras celebraciones, conferencias u oraciones comunitarias, y en ellas un “tal Jesús” se pone en pie y comienza a expresar su opinión, a “enseñarnos”, ¿qué ocurriría en nosotros?, ¿qué ambiente crearíamos?

¿Se daría una escucha silenciosa o un murmullo?... les invito y me invito a orarlo.


 
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