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“Me da lástima de esta gente”

Evangelio San Marcos 8,1-10.

- 23:38 El Evangelio

Uno de aquellos días, como había mucha gente y no tenían qué comer, Jesús llamó a sus discípulos y les dijo: “Me da lástima de esta gente; llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer, y, si los despido a sus casas en ayunas, se van a desmayar por el camino. Además, algunos han venido desde lejos”. Le replicaron sus discípulos: “¿Y de dónde se puede sacar pan, aquí, en despoblado, para que se queden satisfechos?” Él les preguntó: “¿Cuántos panes tenéis?” Ellos contestaron: “Siete.” Mandó que la gente se sentara en el suelo, tomó los siete panes, pronunció la acción de gracias, los partió y los fue dando a sus discípulos para que los sirvieran. Ellos los sirvieron a la gente. Tenían también unos cuantos peces; Jesús los bendijo, y mandó que los sirvieran también. La gente comió hasta quedar satisfecha, y de los trozos que sobraron llenaron siete canastas; eran unos cuatro mil. Jesús los despidió, luego se embarcó con sus discípulos y se fue a la región de Dalmanuta.

Reflexión

La primera lectura nos relata el pecado de nuestros primeros padres. Como cristianos que hemos aceptado con gusto a Jesús y todo lo que nos ha dicho y prometido, podemos sacar algunas lecciones de este simbólico pasaje del Génesis. Dios, desde el principio, nos ha hecho a todos la oferta de vivir en amistad con él, algo que nos ha dejado todavía más claro con el envío de su Hijo Jesucristo hasta nosotros. Esta oferta de amistad se concreta, entre otros aspectos, en señalarnos los caminos a seguir, las actitudes a vivir para encontrar la felicidad deseada. El pecado, el de nuestros padres y el de cualquiera de nosotros, es no hacer caso a nuestro Dios y a su Hijo Jesucristo, hacer lo contrario de los que nos indican pensando que así seremos más felices, “seremos como dioses”. Pero la experiencia de Adán y Eva y nuestra experiencia personal nos indican que el pecado, el romper la amistad con Dios, lo único que nos trae es zozobra y tristeza. El pecado nos hace daño, y nunca nos da la felicidad prometida. La historia de Dios con nosotros, con toda la humanidad, no quedó en la expulsión del paraíso de Adán y Eva. Llegada la plenitud de los tiempos, en un poderoso acto de amor, nos envió a su propio hijo Jesús, para convencernos de que nos amaba entrañablemente y para convencernos que él era el mejor camino para llevarnos a la vida y vida abundante que todos deseamos. Jesús tiene siempre las mismas actitudes ante sus seguidores, sean del siglo I o sean del siglo XXI. El evangelio de hoy nos recuerda la actitud de Jesús ante la gente que le seguía entonces para oír su palabra y que se encontraba en situación de debilidad, “y si los despido a sus casas en ayunas, se van a desmayar”. “Me da lástima de esta gente”, “siento compasión por esta gente”. Y actuó dándoles de comer, multiplicando los panes y los peces. J esús sabe que nuestro hambre material, en un marco de justicia humana, nos la podemos saciar cada uno de nosotros con nuestro trabajo. Pero bien sabe Jesús que padecemos un hambre, el hambre de sentido, el hambre de vivir esperanzados, que solo él puede saciar. Y sigue viniendo en nuestra ayuda. Y sigue sintiendo compasión por nosotros. Y nos sigue ofreciendo su amor, su amistad, su luz, su cuerpo entregado, su sangre derramada...

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