“¿Qué os ha mandado Moisés?”

Evangelio según San Marcos (10,1-12).

01/03/2019 -

En aquel tiempo, Jesús se marchó a Judea y a Transjordania; otra vez se le fue reuniendo gente por el camino y según su costumbre les enseñaba. Acercándose unos fariseos, le preguntaban para ponerlo a prueba: “¿Le es lícito al hombre repudiar a su mujer?”. Él les replicó: “¿Qué os ha mandado Moisés?”. Contestaron: “Moisés permitió escribir el acta de divorcio y repudiarla”. Jesús les dijo: “Por la dureza de vuestro corazón dejó escrito Moisés este precepto. Pero al principio de la creación Dios los creó hombre y mujer. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Pues lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”. En casa, los discípulos volvieron a preguntarle sobre lo mismo. Él les dijo: “Si uno repudia a su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera, Y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio”.

Comentario

“Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”. ¿Tan difícil es vivir un proyecto de vida común para toda la vida? Sí, si que lo es cuando depende sólo del esfuerzo y voluntad humanas; pues cuando todo va bien la rueda da vueltas sin dificultad, pero cuando surgen y se acumulan los distintos contratiempos y dificultades de la vida, el cansancio y el desgaste acaban destruyendo el proyecto. Y dificultades y contratiempos siempre hay en el camino de la vida. Por eso, para vivir el proyecto de formar una familia la Iglesia establece un sacramento, un camino donde la gracia de Dios sostiene y fortalece dicho proyecto, de modo que ya no depende exclusivamente del esfuerzo y voluntad humanas, sino que la Fuerza y el Amor de Dios están trabajando conjuntamente. Ya no son dos, sino tres. Aún así, ¿puede romperse este proyecto? Sí, porque Dios refuerza, pero no fuerza la libertad humana; y este refuerzo es una garantía, aunque no puede impedir que termine por lo que acabo de decir. Nuestra Iglesia debe seguir esforzándose en ayudar a las parejas que desean emprender un proyecto de vida juntos, especialmente en la etapa anterior al matrimonio con una preparación mucho más exhaustiva y con un acompañamiento posterior en los cinco primeros años de matrimonio para ayudar a fortalecer las bases. Temas como qué hacemos con las familias de origen, conciliar vida familiar y laboral, qué me enamora de ti después de cinco años, la venida del primer hijo, etc. No han faltado voces en la pastoral matrimonial que hablan de un sacramento progresivo, en dos etapas: una promesa donde ya vivir juntos y fortalecer el noviazgo y el conocimiento mutuos y una segunda de consentimiento (un sí para toda la vida) a los cinco o más años de esta primera etapa donde, fortalecido el conocimiento y el amor, abrir el espacio a los hijos y a una vida de mayor calidad de pareja. Todo ello acompañado por una pastoral adecuada que ya desempeñan algunos movimientos y pastorales parroquiales en algunos lugares. Fuera como que fuere, lo más importante es ayudar a las parejas a vivir este maravilloso proyecto de vida sin temor ni inseguridades.

 
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