Evangelio según san Lucas (6, 39-45)

03/03/2019 -

El peligro de todas las religiones está en convertirse en un sistema formalista de prácticas  cultuales, ritos exteriores y normas moralizantes y superficiales. Este tipo de vivencia religiosa, que puede servir para tranquilizar la conciencia y pretender administrar caprichosamente la voluntad de Dios, contrariamente a los que se cree nos aleja de él y del prójimo. El cristianismo no está exento de esta frívola manera de vivir la religión, más aún, muchas veces este formato a silenciado la "Palabra del Evangelio" y distorsionado la imagen de Dios que ha comunicado al mundo. El Dios que presentaba estaba enmarañado y asfixiado por discursos y prácticas que lejos de manifestar a las personas el rostro misericordioso del Dios de Jesús, que es un Padre de bondad, lo ocultaban volviéndolo un Dios aislado, autoritario y extraño a los problemas y sufrimientos del mundo.

A lo largo de la historia de la humanidad, muchas veces las personas que más dolor generaron a la sociedad se presentaban como hombres y mujeres religiosos, que en nombre de Dios y supuestamente defendiendo sus intereses,  dañaban a los hermanos.

En tiempos de Jesús, la religión basada en las prácticas cultuales centralizadas en el templo y en las prerrogativas legales dominadas por un sector de la sociedad, producían discriminación y dolor en la gran mayoría del pueblo, excluido y empobrecido. La religión estaba al servicio del poder de algunos que se enriquecían y dominaban la conciencia de los demás. Jesús reaccionó críticamente y de-senmascaró este tipo de religión. Dios no estaba allí, para adorar hay que adorar en Espíritu y en Verdad. Las leyes están hechas para el hombre no el hombre al servicio de ellas.

El profeta de Nazaret inaugura un nuevo tiempo con una nueva forma de vivir el vínculo con Dios. Ahora, Dios se ha hecho cercanía de amor y misericordia para perdonar, sanar y salvar a sus hijos. Dios es amor y el que ama viene de Dios. El amor es el sello de identidad de los discípulos. El que ama haciendo el bien a los demás es como el árbol bueno, siempre da frutos buenos. Jesús interioriza la religión, pone el centro del amor de Dios en el corazón del ser humano, por eso dice que "el hombre bueno saca el bien del tesoro de bondad que tiene en su corazón". El corazón es el lugar donde reside Dios, allí hace su morada, su casa donde habita. Por eso, el verdadero discípulo es aquel que hace el bien, que da con generosidad, que cuida y acompaña la vida de cada hermano, del planeta entero. En eso consiste la verdadera religión y el discipulado de Jesús.

Conclusión

El verdadero culto que agrada a Dios está en amar y servir a los hermanos, en ser buena noticia que recrea la paz en medio de la sociedad, no aislándose ni sintiéndose extraño al mundo, sino involucrándose con sus dolores y fatigas diarias. Estamos llamados a estar del lado de los que sufren, de los últimos, para sanar sus heridas y alentarlos hasta que juntos podamos alcanzar la felicidad para la cual el Padre nos ha creado.

¡Cuánto debemos cambiar¡ Nuestra Iglesia, no puede seguir siendo una institución amorfa sin sueños ni proyectos, anquilosada en el tiempo, que vive de recuerdos y extraña la situación de privilegio que tuvo antes. La salvación es hoy, ya, aquí y ahora, sólo se trata de vivir el evangelio, sin más, sin adornos, amando y sirviendo como lo hizo Jesús. 


 
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