×

Lectura del santo evangelio según san Lucas 9,22-25

- 21:33 El Evangelio

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día”. Y, dirigiéndose a todos, dijo: “El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde o se perjudica a sí mismo?” Reflexión Hay males en nuestra vida que son inevitables, y que no son provocados por la mano del hombre: terremotos, tsunamis, volcanes... Todos tienen que ver con los límites de la tierra. Y nadie le echa la culpa a la tierra cuando, en esas situaciones, se lleva muchas vidas por delante. Por lo general, la culpa se la echamos a Dios porque no comprendemos, y nuestra mente no es capaz de albergar tanto sufrimiento junto. Muchas veces el silencio y la oración podrán paliar el dolor y consolar al triste. Sin embargo, en nuestra vida hay acciones que provocan daño a nuestros semejantes directa o indirectamente. También el mal que padezco puede ser fruto de mis decisiones. En nuestras acciones hay responsabilidad. Las guerras, los asesinatos, la corrupción, el someter a esclavitud a los semejantes, la violencia, son frutos de nuestras acciones como individuo, como sociedad, o como pueblo. Unas veces porque son acciones realizadas con nuestras manos, otras porque las hemos consentido y nos hemos vuelto cómplices de ellas. En la lectura del Deuteronomio, Moisés hablándole al pueblo dice: “Hoy te pongo delante la vida y el bien, la muerte y el mal”. La vida consiste en cumplir y obedecer los mandatos que Dios propone, amándolo. La muerte sería olvidarse de Dios, escoger vivir bajo la prosternación de otros dioses. Todo es una elección con respecto a Dios. Dios no te impone su presencia. Te propone la vida con Él. Sin embargo, como persona, como miembro de un pueblo o de una sociedad, has de elegir su presencia o su ausencia para tu crecimiento. En muchos pueblos nace la fe en Dios, en otros va muriendo lentamente. La fe es un don que recibes de Dios, que se acepta o no en libertad. La vida que Dios te ofrece con ese don es lo que aceptas o rechazas. Pero, ¿si he elegido la ausencia de Dios? ¿qué sentido tiene seguir echándole las culpas a ese Dios que rechazo? Probablemente sea una justificación más de mis acciones. Necesito un chivo expiatorio para no cargar con las culpas de mis decisiones. Quizás no acepte hasta qué punto puedo llegar a soportar la crueldad del hombre. Delante de nosotros tenemos la vida y el bien para escogerlo y crecer, ¿para qué optar por lo contrario? A veces nos conviene la imagen de un Dios todopoderoso; ya que, con dicha imagen, todo el poder, toda la fuerza, y todo el quehacer se lo ponemos a Dios desentendiéndonos, por tanto, de todo cuanto nosotros podamos hacer, decir o realizar. Sin embargo, qué ocurre cuando Dios no se manifiesta como esperamos. Ese Dios no cumple con mis expectativas. Queremos obligar a ese Dios que sea como nosotros esperamos. Por lo general, cuando Dios no se manifiesta según nuestras expectativas nos alejamos, le increpamos, o lo queremos cambiar como a cualquier persona o cosa. En el Evangelio de Lucas, que la liturgia de hoy nos propone, Jesús anuncia a sus discípulos que va a padecer mucho y va a ser desechado. Es decir: excluido, reprobado, desestimado, menospreciado.

Más noticias de hoy