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Evangelio según san Juan 20, 19-31

- 23:17 El Evangelio

La escena tiene lugar en Jerusalén en dónde los discípulos estaban reunidos, esto nos muestra el carácter eclesial de la aparición. Las puertas estaban cerradas “por miedo a los judíos”, porque todavía los discípulos no se animaban a pronunciarse a favor de Jesús.

“Jesús vino y se puso en pie en medio de ellos y les dijo: “paz a ustedes”. El resucitado viene a los suyos y se reúne con ellos, puede hacerlo siempre y nada lo impide. Viene para comunicarles su paz, es decir, su presencia en medio de la comunidad. Luego les muestra sus manos y su costado, Es el mismo que han crucificado, del que brotó sangre y agua, signos de la salvación obrada en la cruz.

Esta presencia llena de gozo a los discípulos porque saben que será para siempre, Jesús vive y ellos viven con él.

Nuevamente les comunica su paz y los envía como el Padre lo envía a él. Se trata de la misma misión: glorificar al Padre dando a conocer su nombre y manifestando su amor. Luego sopla sobre ellos y les dice “reciban el Espíritu Santo…” Este hará posible el ejercicio de la misión que les confía y producirá el nuevo nacimiento que da acceso al Reino, la verdadera adoración al Padre, el poder de vivificar y el don de la vida.

El Espíritu Santo derrama la vida de Cristo glorificado sobre los discípulos, el mismo Jesús esta presente y actuante en su comunidad, por eso la comunidad tiene la capacidad de perdonar, porque en definitiva es Dios el que perdona a través de ella.

Conclusión

El Espíritu de Jesús es la fuente de donde nace la vida en la Iglesia. Sin ese Espíritu la Iglesia se transforma en una comunidad sin sueños, sin utopías, cargada de leyes rígidas que no consuelan ni salvan, de ritos vacíos que ya no trasmiten la vida de Dios, pregonera de una moral de esclavos que no suscita la verdad que nos hace libres, y cerrada a los cambios del mundo y a las necesidades de las personas, que necesitan aliento para vivir, esperanzas para apuntalar sus vidas.

Este tiempo de Pascua puede ser propicio para dejar que el Señor nos vuelva a comunicar su paz y sople sobre nosotros su “aliento de vida”, el Espíritu que todo lo transforma, para ser instrumentos de reconciliación en nuestra sociedad, tendiendo puentes de fraternidad, animando espacios de solidaridad, anunciando buenas noticias de salvación para todos.

De nada sirve escondernos temerosos frente al peligro que supone ser testigos de lo que creemos, porque en ello se juega nuestra fe, nuestra vida de discípulos. Dejarnos animar por su Espíritu, sorprendernos por sus impulsos que siempre renuevan, escuchar su voz que nos habla desde la vida misma, allí donde el amor se vuelve presencia y sacramento del mismo Dios.

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