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Lectura del Santo Evangelio según San Juan 6,44-51

- 23:19 El Evangelio

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: - “Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me ha enviado. Y yo lo resucitaré el último día. Está escrito en los profetas: ‘Serán todos discípulos de Dios’. Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende viene a mí. No es que nadie haya visto al Padre, a no ser el que procede de Dios: ése ha visto al Padre. Os lo aseguro: el que cree tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron: éste es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”. Reflexión Un eunuco encuentra a Felipe por el camino. Parece que un ángel le hubiera dado una brújula a Felipe para que se encontrara con él. Lo cierto es que Felipe no se fijó en la condición de aquel hombre: ni en su condición de ministro, ni en su condición de eunuco (hombre poco viril que gozaba de los favores del rey). La lectura del Profeta Isaías del siervo de Yahvé le llevó al eunuco a preguntarse sobre a quién se refería las palabras del profeta. Felipe, se sienta a su lado, y le habla de lo sucedido a Jesús de Nazaret. Le anunció el Evangelio de Jesús, dice el texto. El anuncio condujo al eunuco a querer bautizarse. El anuncio de la vida, muer te y resurrección de Jesús no está limitado a un pueblo, ni tampoco limitado a un determinado tipo de personas, todos somos destinatarios de la salvación. La única condición es escuchar la palabra de Dios, aceptarla, y querer comprometerse con la fe. Bautizarse es morir con Cristo, y asumir la vida de Cristo. Nada impide seguir a Cristo como discípulo si es capaz de escuchar su evangelio y aceptarlo. La pregunta por Jesús de Nazaret no nos deja igual. Nos trastoca y nos transforma todos nuestros proyectos y caminos. Sólo la docilidad a sus palabras nos permitirá encontrar una respuesta confiada de fe. Todo el que escucha lo que dice el padre y aprende viene a mí. No vale sólo con la escucha, lo que conduce a Cristo es aprender de la Palabra que escuchamos sobre Dios, en este caso del Padre. Esta idea nos recuerda las palabras en la teofanía del Bautismo de Jesús, en la que Dios Padre nos anuncia: “Este es mi Hijo amado, escuchadle”. La escucha es el inicio del camino del discipulado, pero es el compartir la palabra, el compartir la vida, lo que dará experiencia a cada discípulo y será la puerta abierta para el aprendizaje. Aprender las cosas de Dios es toda una tarea comprometida. Supone la decisión previa de creer en el proyecto de Jesús, de su programa de misericordia. Supone proclamar cada día la bienaventuranza de los desfavorecidos, ellos serán dichosos porque Dios ha puesto en ellos su mirada. Aprender las cosas de Dios supone el abandono total y confiado a su voluntad, comprender que los caminos son un recorrido vital para la esperanza de que Dios siempre cumple su promesa de no dejarnos solos.

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