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Evangelio según San Juan (15,1-8)

- 23:34 El Evangelio

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Yo soy la ver­dadera vid, y mi Padre es el la­brador. A todo sarmiento que no da fruto en mí lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto.

Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he habla­do; permaneced en mí, y yo en vosotros.

Como el sarmiento no pue­de dar fruto por sí, si no per­manece en la vid, así tampo­co vosotros, si no permane­céis en mí.

Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permane­ce en mí y yo en él, ese da fru­to abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden.

Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en voso­tros, pedid lo que deseáis, y se realizará.

Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fru­to abundante; así seréis discípulos míos”.

Comentario

“Yo soy la Vid”, dice el Se­ñor. Vid plantada por el Padre, vid cuajada de sar­mientos herma­nos. Vid que se mantiene an­clada a la tierra para que los sarmientos reciban el agua del cielo. Vid que permanece inva­riable en la tierra de los hom­bres para que los hombres permanezcan unidos a los cui­dados del Labrador. En esta doble permanencia surge la Vi­da y sus frutos.

Para el evangelista Juan, permanecer es creer y creer es vivir: “Así seréis discípu­los míos” y “daréis fruto abun­dante”. Quizá por eso es éste uno de sus verbos más que­ridos. Permanecer indica a la vez estabilidad y proceso, do­nación y recepción, gratuidad y requerimiento. Es un viaje del corazón de Dios al corazón del hombre y viceversa. El primero en emprender este movimien­to es Dios mismo, que planta a su Hijo en medio del mun­do. No lo envía co­mo pavesa para el aire sino como gra­no para la tierra. Pa­ra que se hunda, pa­ra que se rompa, pa­ra que se arraigue... para que se quede. Es una vid eternamente plan­tada en la tierra con que Dios se quiso desposar: “Ya nunca te llamarán ‘abandonada’, ni a tu tierra ‘desolada’. A ti te lla­marán ‘mi deleite’; y a tu tierra, ‘desposada’” (Is 62,4-5).

Una vez que Dios ha toma­do carne humana, Dios perma­nece hombre entre los hom­bres por toda la eternidad. Permanecen su cercanía, su entrega, su alimento, su sal­vación. Pero el suyo, con ser absolutamente gratuito, no es un ofrecimiento del todo des­interesado: a Dios le interesa sobremanera nuestro amor, nuestra respuesta, nuestro propio ofrecimiento. Y nada de esto puede darse sin un per­manecer humano junto al per­manecer divino.


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