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Lectura del santo evangelio según san Juan 13,16-20

- 22:29 El Evangelio

Cuando Jesús acabó de lavar los pies a sus discípulos, les dijo: “Os aseguro, el criado no es más que su amo, ni el enviado es más que el que lo envía. Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica.

No lo digo por todos vosotros; yo sé bien a quiénes he elegido, pero tiene que cumplirse la Escritura: ‘El que compartía mi pan me ha traicionado’. Os lo digo ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis que yo soy. Os lo aseguro: El que recibe a mi enviado me recibe a mí; y el que a mí me recibe recibe al que me ha enviado”.

Reflexión

Los misioneros Pablo y Bernabé llegan en su viaje a Antioquía de Pisidia. Van a la sinagoga y, como era costumbre, sus encargados invitan a los forasteros a que tomen la palabra y comenten las lecturas que se han hecho de la ley y los profetas. La escena recuerda en forma y contenido a la visita que Jesús hizo a la sinagoga de Nazaret, contada por el mismo Lucas en su evangelio (4,16 ss.).

El tema de las palabras de Pablo era tan actual para los judíos que le escuchaban como lo habían sido antes los discursos de Pedro en Pentecostés y de Esteban en su martirio. También ellos habían repasado la historia de Israel ante un pueblo judío que tenía muy grabada en la memoria colectiva las grandes promesas de Dios para él a través de los Patriarcas y los Profetas. Un pueblo volcado hacia el futuro para ver cuándo esas promesas se cumplirían. Todas apuntaban hacia un Salvador que tenía que venir.

En la parte del discurso de Pablo que hoy leemos apenas escuchamos un primer aspecto del punto al que se dirige: ese Salvador es Jesús. También dirá: y no lo recibisteis como tal, Dios cumplió su promesa resucitándolo y librándolo de la corrupción. Lo oiremos en los próximos días.

Pero sí oímos hoy cómo destaca Pablo el papel de Juan que, antes de la llegada de Jesús, predicó un bautismo de penitencia a todo el pueblo y aclaraba: “Yo no soy quien pensáis; viene uno detrás de mí a quien no merezco desatarle las sandalias”.

Del discurso de Pablo quedémonos hoy con su conciencia de enviado (misionero) y con la imagen de Juan, el precursor, el que prepara el camino, el que dirige a sus propios seguidores hacia Jesús, el que sabe retirarse porque ‘conviene que él crezca y yo mengüe”... Y tengamos conciencia de que esa es también nuestra misión.

En el momento supremo de despedida lo que hace Jesús es lavar los pies a sus discípulos. Y les asegura: “el criado no es más que su amo... puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica”.

El gesto de Jesús de lavar los pies no es solo un acto de humildad, es también el acto salvífico que realiza para dar vida al mundo. ¡Servir engendra vida! La destinataria del mensaje es la comunidad cristiana. Si el lavatorio remite a la cruz, lo que pide el Señor es que el discípulo mire también a la cruz e imite su gesto de amor entregándose en un servicio de amor hasta el extremo, hasta dar la vida por los demás.

Servir, sentirse enviado, preparar el camino, es para la misión de la Iglesia una revelación, una revolución y un reto. Revelación de un amor que se arrodilla ante la humanidad y se desvive por ella. Revolución, porque si hasta el mismo Dios se pone de rodillas ante el ser humano, ningún ser humano tiene derecho a dominar a otro y despojarlo de su dignidad. l


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