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“Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre”

Evangelio según San Juan 14, 7-14.

- 22:33 El Evangelio

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

- “Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto”.

Felipe le dice:

- “Señor, muéstranos al Padre y nos basta”.

Jesús le replica:

- “Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: ‘Muéstranos al Padre?’ ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mi, hace sus obras. Creedme: yo estoy en el Padre, y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores. Porque yo me voy al Padre; y lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré”.

Reflexión

Viendo de cerca, con la ayuda de los Hechos de los Apóstoles, la suerte que corrió la predicación del evangelio en los primeros momentos después de la muerte y resurrección de Jesús, nos debe quedar claro que no todo fue “vida y dulzura”, y que no todos lo aceptaron con gusto.

La primera lectura de hoy nos recuerda lo que va a ser la línea continua a lo largo de toda la historia: el evangelio fue aceptado por unos y rechazado por otros. La predicación de Pablo y Bernabé fue rechazada por los judíos, que consiguieron con la ayuda de “señoras distinguidas y devotas y de los principales de la ciudad, para perseguirles y expulsarles de su territorio”.

Esta mala acogida, son las cosas de Dios, “obligó” a Pablo y Bernabé a llevar la buena noticia a los gentiles. Se abrió así el evangelio a los gentiles que “se alegraron mucho y alababan la Palabra del Señor”.

Estos primitivos acontecimientos de rechazo y acogida del evangelio, es una buena ocasión para pedirle a Cristo Jesús que aceptemos con todo nuestro corazón el regalo de su amistad, de su luz, de la resurrección prometida, para que vivamos con sentido, emoción y esperanza.

En cuanto que hemos vislumbrado que Dios existe, que es el responsable de todo lo que nos rodea, que es nuestro creador... conocerle, saber cómo es, cómo son sus relaciones con nosotros... es algo que siempre nos ha atraído y hemos deseado.

A lo largo de la historia, los hombres nos hemos ido creando diversas imágenes de Dios. Muchas de ellas falsas, hechas a gusto de cada cual. Pero Cristo Jesús viene en nuestra ayuda. El apóstol Felipe tenía en su corazón la misma pregunta que nosotros y le pidió a Jesús que le aclarase cómo era Dios. Su respuesta fue bien clara: “Felipe, quien me ha visto a mí, ha visto al Padre... ¿no crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí?”.

Todas las preguntas que tengamos sobre Dios hagámonoslas sobre Cristo y tendremos la respuesta exacta. ¿Será Dios un Dios indiferente, lejano... a los hombres, a nuestro vivir de cada día o se interesará por nosotros? Preguntémonos: ¿Vivió y vive Jesús como un ser indiferente, lejano al discurrir de la vida de los hombres o entró y entra de lleno en nuestra vida? ¿Ama Dios a los hombres? Preguntémonos ¿Amó y ama Jesús a los hombres? ¿Será nuestro Dios capaz de perdonarnos nuestros fallos y desvíos? Preguntémonos: ¿Fue capaz Jesús de perdonar a todos los que arrepentidos se acercaban a él?... Los rasgos de Jesús, las actitudes de Jesús, las reacciones de Jesús... son los de Dios. Dios es como Jesús. “Felipe, quien me ha visto a mí, ha visto al Padre”.

A veces tengo la impresión de que los que seguimos a Jesús -especialmente quienes llevamos más años, más camino de fe- apenas dejamos que resuene en nosotros la cuestión que Jesús pronuncia sobre Felipe: “Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe?”. Quizá debiéramos ponernos más a menudo bajo este suspiro del Señor los que, al menos en apariencia, tanto sabemos acerca de Jesús. Repetimos sus palabras; algunas, de memoria. Recordamos sus gestos; algunos, cada día. Admiramos sus obras; algunas, más que si fueran propias. Son para nosotros palabras de Dios, gestos de Dios, obras de Dios... en sentido lato. Puede que pasen muchos años y no lleguemos a comprender su sentido fuerte, que reside en la persona misma de Jesús.


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