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Evangelio según san Juan 13,31-35

- 00:28 El Evangelio

En nuestra cultura actual, al igual que en tiempos de Jesús, el amor se entendía de un modo muy diferente a como lo vivió y enseñó el profeta de Nazaret.

El amor era entendido de un modo utilitario, interesado, ligado casi exclusivamente a los deseos, desarrollando conductas narcisistas y egocéntricas.

Jesús vivó esta dimensión humana desde otro lugar. El se acerca a las personas para ayudarlas, sin esperar nada a cambio, por el sólo hecho de hacerles el bien, de ayudarlos a dignificarse: curaba a los enfermos, perdonaba a los pecadores, comía con los pobres, incluía a los últimos como las mujeres y los niños, creaba a su alrededor círculos de empatía y amistad como antes nunca visto.

El amor es servicio les enseñaba a sus discípulos por eso les lavo los pies en la cena de despedida antes de dar su vida en la Cruz. Con este gesto, que no fue interpretado por todos, Pedro rechazó ser lavado por Jesús, quería enseñarles que entre ellos debían hacer lo mismo: lavarse los pies unos a otros como gesto de amor. Por eso, inmediatamente después Jesús dejó el más grande mandamiento que alguien pudo enseñar jamás: “ámense los unos a los otros como yo los he amado”. Es cierto, que antes de Jesús varios “rabí”, maestros, habían enseñado amar al prójimo, pero nadie nunca enseñó amar “hasta dar la vida” como lo hizo Jesús no sólo con palabras sino entregando su propia vida en la Cruz. Y este amor, donativo, que engendra vida nueva, no era solo para los que pertenecían a su grupo de seguidores o discípulos sino para todos. El amor de Jesús trasciende los círculos de la sangre, de la raza, de la región y se abre al universo entero.

Es este tipo de amor que pide a los discípulos vivir: “en eso sabrán que son mis discípulos”. La carta de presentación de los cristianos es el amor, cuando amamos a los demás hasta dar la vida se hace creíble el mensaje que predicamos y abrimos de par en par las puertas de la comunidad, Iglesia, para que todos los que deseen puedan entrar. ¡Quién no quiere ser parte de una comunidad dónde el amor es el centro de su vida¡¡Quién no quiere servir allí donde se respira un clima de fraternidad¡

Conclusión

Uno de los dramas de nuestras comunidades hoy es que las personas no nos conocemos, vivimos un cristianismo a la carta, es decir, sólo según nuestras necesidades y gustos. El ámbito comunitario de la Iglesia a veces no es tenido en cuenta. Somos parte de un grupo, pero no de una comunidad de hermanos. Participamos de las celebraciones, de la evangelización y de otras acciones eclesiales, muchas veces sin conocernos y más aún sin amarnos. Las críticas, los celos, las luchas por espacios de poder y otros apegos humanos empañan nuestra vida eclesial.

Experiencia de fe sin amor es vacía, superficial, descomprometida. Sería bueno volver a considerar esta maravillosa enseñanza de Jesús: amarse los unos a los otros. Que nuestras comunidades sean espacios de amor, de fraternidad, de inclusión, donde todos vivamos con alegría y ese gozo de vivir el amor a Jesús y al hermano sea transmitido con palabras y gestos que den sentido a la vida, que entusiasmen el corazón, que anime a ser parte de ese proyecto al que Jesús llamó Reino de Dios.


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